SABADO, 28 DE ABRIL. NAVEGACIÓN. ESTRECHO DE GIBRALTAR.
No había prisa para nada. Nos levantamos a las diez y cuarto, desayunamos y a las 11 asistimos a la reunión informativa del desembarque. Íbamos a encontrar en el camarote unas etiquetas que había que colocar en las maletas, estas debían dejarse en la puerta antes de la una de la madrugada del lunes, teniendo en cuenta que debíamos dejar fuera lo que necesitáramos para el regreso (excluyendo, claro, los elementos que no se podían llevar en el equipaje de mano durante el vuelo de Milán a Barcelona) Encontraríamos también un cuestionario que nos permitiría valorar distintos aspectos del crucero, incluyendo al personal y que nos permitiría participar en el sorteo de diez cruceros para dos personas. Encontré patética la insistencia de Marta, nuestra azafata, en que valoráramos al personal con una calificación de “Excelente” con la excusa de que cualquier calificación peor podía llevar consigo el despido de las personas afectadas. El excelente hay que ganárselo durante el crucero, no el último día llorando. Los camareros de mesa y cabina se lo ganaron de sobra, el resto de personal estuvo a un nivel “Notable”, pero Marta se llevó un suspenso, por no saber capear los conflictos y por pedir un “Excelente”.
La principal atracción del sábado fue el cruce del estrecho de Gibraltar. Desde que empezamos a avistar tierra hasta que la perdimos, nuevamente, de vista, pasó más de una hora que dedicamos, mientras tomábamos el sol, a ir de babor a estribor y viceversa tomando fotos y poniendo nombres a los núcleos de población y accidentes geográficos. Con Algeciras, el peñón y Ceuta lo logramos, del resto tengo mis dudas. Fue espectacular la visión de la mole del peñón unida al continente por una llana extensión de terreno. De todas formas la visibilidad no era muy buena y una persistente neblina se ocupaba de restarle vistosidad al evento.
No sé en que momento sucedió ni cuando fuimos conscientes de ello, pero no pudimos obviar que habíamos dejado el Océano Atlántico para entrar en el mar Mediterráneo, habíamos dejado la marejada para pasar a marejadilla. Navegábamos manteniendo los 40 kilómetros por hora, pero ahora surcábamos una balsa de aceite y paseando por las cubiertas, cenando o asistiendo al espectáculo diario en el teatro resultaba difícil pensar que íbamos a bordo de un barco. El movimiento era nulo y parecía que estuviéramos en tierra firme, el Café Florián del Costa Atlántica se movía tanto como su homologo en Venecia.
Esa noche hubo el buffet Magnifico, un buffet especial, muy trabajado y con la mejor de las comidas. En teoría primero hay que fotografiarlo y luego arrasarlo, pero esa noche había mucha gente acechando y los primeros que entraron en lugar de fotos tomaron platos y empezaron a llenarlos, luego siguió la desbandada. Se ve que había muchas personas que llevaban días sin comer, los pobrecitos. Inmersos en aquella vorágine, arrastrados por la marea humana, nos escapamos como pudimos para subir a la segunda planta y observar tranquilamente como las turbas se lanzaban sobre los alimentos, como devoraban las viandas como si fuera la última comida de la que dispusieran en mucho tiempo. Es la naturaleza humana, supongo: si hay comida hay que comerla, yo la verdad con cierto esfuerzo al final había conseguido pasar al lado de los buffets sin tocarlos. Esa noche, quizás por ser un buffet extraordinario y con más calidad, me apetecía comer algo, pero la masa me hizo desistir. A lo mejor también hubo una mala organización, el espacio era pequeño para tanta gente, pero la cuestión es que me acosté sin degustar la magnificencia de ese buffet. Tampoco me arrepiento.
DOMINGO, 29 DE ABRIL. NAVEGACIÓN. BALEARES.
Cuando nos despertamos el canal que informaba de la situación del barco nos indicó que estábamos pasando junto a Ibiza. Una simple mirada desde la terraza nos lo corroboró. Lo suficientemente cerca como para distinguir su costa, sus pueblos, los yates amarrados en sus puertos, pero lo suficientemente lejos como para descartar la idea de alcanzar la isla a nado. Nos imaginamos sus playas y lo que sería pasar unos días en ellas, a pesar del fresco ambiente que nos acompañaba.
Después de comer nos encontramos rodeados de nubes por todas partes menos por una (la del agua claro) y a lo lejos intuimos, más que vimos, la costa de Mallorca
Entramos de lleno en la fase de lo “último”: el último día, la última comida, el último baño en el jacuzzi, luego vendría el último espectáculo, la última cena (eso suena muy místico), la última noche... Mentalmente nos íbamos despidiendo de salones y cubiertas, de piscinas y buffets, de hamacas y jacuzzis, ... del Costa Atlántica en general. Dentro de unas horas íbamos a abandonar lo que había sido nuestro hogar durante los últimos dieciséis días, estábamos tristes y melancólicos.
Cenamos, nos despedimos de Jesús, nuestro camarero, y de su ayudante, nos despedimos del maitre, luego acudimos al salón Corallo para disfrutar de la actuación de Vicky y, como no, despedirnos de ella.
A las doce y media fuimos al camarote, casualmente encontramos a Ryan y nos pudimos despedir de él, nos cambiamos de ropa para ponernos la que llevaríamos el día siguiente y cerramos las maletas que habíamos preparado por la tarde. Dejamos el equipaje en la puerta y decidimos alargar un poco la última velada. La gente se resistía a acostarse, otras noches a esa hora había cuatro gatos, ahora había multitudes por doquier, se sucedían las despedidas, se respiraba en el ambiente que aquello se estaba acabando.
LUNES, 30 DE ABRIL, SAVONA. BARCELONA.
A las nueve menos cuarto teníamos que reunirnos en el Café Florián para desembarcar. Madrugamos para desayunar en el restaurante, pudimos ver como el barco llegaba a Savona y atracaba en su muelle, allí estaba también el Costa Concordia. Con el equipaje de mano acudimos al punto de reunión y por fin bajamos del Costa Atlántica. Caminamos hasta un recinto donde perfectamente alineadas se encontraban cientos, miles de maletas. La etiqueta roja facilitó la búsqueda y arrastrando el equipaje nos dirigimos a los autocares que nos llevarían al aeropuerto de Milán.
Por lo que pudimos ver durante el camino Savona es una bonita ciudad balnearia, con una gran playa repleta de esas casitas vestuario que proliferaron a principios del siglo pasado. Lo poco que vimos nos pareció encantador, quizás no como destino en sí mismo pero sí para pasar unas horas en una escala en un futuro crucero por el Mediterráneo.
El trayecto hasta el aeropuerto pasó, primero por un breve recorrido costero para luego dirigirnos hacía el interior subiendo entre montañas y finalizar entre campos, supongo que de arroz; inundados o a medio inundar. Milán ni lo vimos ya que llegamos directamente al aeropuerto.
En Malpensa nos esperaba personal de Costa que nos indicó donde debíamos dirigirnos para facturar el equipaje. Facturamos sin problemas, deambulamos un poco por el aeropuerto y algo antes de las cuatro de la tarde despegamos para llegar alrededor de las cinco a Barcelona. Un taxi nos llevó al destino final, donde descubrimos que la provisión de ron había llegado sin novedad (el barril un poco abollado, pero solo eso).
CONCLUSIONES.
De lo anteriormente escrito es fácil deducir que la experiencia ha sido positiva tirando a extraordinariamente positiva. Ha habido una complicación motivada por una causa de fuerza mayor y a cuya resolución únicamente se hubiera podido pedir un poco más de sensibilidad y atención por parte del personal de Costa Cruceros. Anotó lo anterior no tanto por mí, (que a fin de cuentas me sentí satisfactoriamente atendido, gané un día de crucero y que si no me descuentan el día no trabajado habrá sido una jugada redonda empañada solo por los inconvenientes del vuelo hasta Barcelona que ya están olvidados) sino por gente como supertec, por ejemplo, a los que sí trastornó y mucho el cambio.
La cuestión del idioma tampoco fue complicada, nunca tuvimos problemas de comunicación y cuando cualquier tripulante no entendía mi perfecto español o buscaba a alguien que lo entendiera o a fin de cuentas nos entendíamos en mi macarronico francés o en mi paupérrimo inglés. El inconveniente está en que cualquier actividad tenía que ser traducida a varios idiomas con lo que esto le quita de frescura y fluidez (pero siempre será mejor oír algo en varios idiomas que solo en uno y, además, no entenderlo)
Nunca hemos estado faltos de comida y la calidad ha sido buena (ojo, digo buena, no muy buena)
A uno le queda un poco de miedo al pensar que en este crucero trasatlántico se afrontaron cinco días de navegación en los que una urgencia quirúrgica pudo devenir en tragedia y aunque siempre pensemos que esto a mí no me va a pasar, la probabilidad existe.
El único pero que le veo es que el tiempo en tierra durante las escalas es escaso y a veces ridículo. El año próximo no toca crucero (ya que no solo de cruceros vive el hombre), el siguiente no sé, pero un detalle que tendré muy en cuenta a la hora de repetir experiencia será que las escalas sean lo más extensas posibles, a poder ser de sol a sol.
¡Ah sí! Luego está lo de la cámara de video con disco duro que quise y no pude comprar en Philipsburg.
¡¡¡Y ... esto es todo, amigos!!!