DOMINGO, 15 DE ABRIL. SAINT MAARTEN
El Jet Lag hizo acto de presencia y antes de las 6 de la mañana ya estábamos despiertos. Eso nos dio oportunidad de disfrutar del primer (de hecho casi el único) amanecer desde la terraza del camarote. La temperatura era agradable, las mamparas protegían del viento y allí cómodamente sentados en los sillones vivimos el nacimiento de nuestro primer día de crucero. El sol aparecía parcialmente envuelto por blancas nubes por detrás de una isla desconocida (aún no habíamos adquirido el habito de observar a través del canal de TV el punto exacto en que se encontraba el barco). Cuando el estomago empezó a protestar decidimos buscar el desayuno.
Aun no conocíamos el barco, era para nosotros un mundo nuevo por explorar. Pero si algo tenía claro era la ubicación del restaurante (puentes 2 y 3) y de los buffets (puente 9). Ese primer desayuno lo hicimos en el buffet: bollos, tostadas, mantequilla, mermeladas, pan, salchichas, panceta, salmón, huevos duros, huevos revueltos, cereales, yogures, fruta, zumos, leche, café líquido y liofilizado, té, ... supongo que no me dejo nada (ojo, la relación es de lo que había, no de lo que comimos, aunque casi). La cantidad y variedad estaba bien, la calidad aceptable, los zumos de polvos y el café muy bueno como laxante.
Con el apetito saciado fuimos a ponernos los bañadores y nos acomodamos para tomar el sol en la piscina de popa, exclusiva para adultos, lo que significaba que no debería haber niños chapoteando y corriendo. Pronto comprobamos que la gente no sabe o no quiere leer y que a pesar de que en el barco hay normas, si no afectan a la seguridad nadie se preocupa de hacerlas cumplir. De todas formas los niños presentes en la piscina no resultaron molestos y se comportaron educadamente.
Estábamos observando la estela que el barco dejaba cuando se nos acercó un joven al que inmediatamente identificamos como supertec. Hicimos las presentaciones, aclaramos el malentendido de la noche anterior en la que él nos buscaba en la cubierta 2 y nosotros le esperábamos en la 3 y nos dispusimos a preparar la primera excursión. Sin drago y esposa íbamos a ser 10 y la idea seguía siendo hacer un pequeño recorrido por la isla que nos llevara a Marigot para comprar ropa y terminar en Philipsburg para el resto de compras. La llegada a puerto estaba prevista para las 13 horas y quedamos que tan pronto como pudiéramos bajar nos encontraríamos en el muelle.
De vez en cuando pasábamos cerca de islas e islotes, cuando alrededor de las 11 vimos que el barco se dirigía de lleno a una de ellas sin intención de rodearla dedujimos que, o bien íbamos a vivir un bonito choque o estábamos llegando a Saint Maarten. Por suerte se trataba de los segundo. Felices porque dispondríamos de más tiempo para conocer la isla y comprar en sus tiendas, comimos algo en el buffet y nos dirigimos rápidamente al camarote para recoger las cosas. Pasaba algo de las 12 cuando nos encontramos con supertec y familia en el muelle, después de las obligadas presentaciones salimos del puerto.
Por las informaciones de otros foreros sabíamos que nos estaría esperando una multitud de taxistas dispuestos a llevarnos por la isla y efectivamente allí estaban con los recorridos y las tarifas perfectamente definidos: una vuelta pasando por Marigot de unas 3 horas de duración por 20 $ por persona sin posibilidad de regatear. Seguro que en el centro de Philipsburg encontraríamos lo mismo por menos precio, pero tiempo no nos sobraba y llegar al centro llevaba unos 20 minutos andando o 5 en barco taxi (3 $ por un viaje o 5 $ para ir y venir tantas veces como se quiera), el precio nos pareció correcto y cerramos el trato. Fuimos informados de que lo más seguro era que en Marigot estarían todas las tiendas cerradas y que las que estaban abiertas en Philipsburg cerrarían a las 16 horas.
Atravesamos Philipsburg y nos encaminamos en dirección a Simpson Bay, la primera parada la hicimos a los pocos minutos y nos permitió ver una panorámica de la ciudad y su bahía (Great Bay) con la majestuosidad del Costa Atlántica al fondo. Hechas las fotos de rigor reanudamos el camino para parar cinco minutos después en un chiringuito donde vendían bebidas y recuerdos. Nos sorprendió que el taxista nos pidiera que le pagáramos el importe en ese momento, alegó que lo hacían así porque en más de una ocasión habían llevado a alguien que desaparecía antes de finalizar el recorrido y obviamente no les pagaba. Como no teníamos ganas de discutir le pagamos (fue la única ocasión en que nos cobraron por adelantado).
Seguimos adelante disfrutando de las vistas de Simpson Bay Lagoon y el taxista nos propuso que por 5 $ más nos llevaba al aeropuerto Juliana a la playa de Maho. Esta playa y el aeropuerto se han hecho famosos por unos videos que circulan en You Tube en los que se ve aterrizar a los aviones a pocos metros de la cocorota de los bañistas. Si dispusiéramos de más tiempo en la isla seguramente nos habríamos bañado bajo el rugido atronador de los aviones, pero no era el caso y desistimos de la oferta. De todas formas ya me empezaba a mosquear el susodicho taxista.
Llegamos a un desvió y nos dirigimos bordeando el lago hacia Marigot atravesando la frontera que separa la parte holandesa de la francesa. Cuando llegamos a Marigot comprobamos que efectivamente todo estaba cerrado, solo unos tenderetes en una plaza nos permitieron gastar unos pocos euros en gorros, camisetas y recuerdos. Acto seguido subimos al Fort Louis, una antigua fortaleza que protegía la ciudad y de la que quedan cuatro piedras y dos cañones pero desde donde se divisaba una perfecta panorámica del lago y de la ciudad. Vimos aterrizar un par de aviones pero, por supuesto, sin ningún tipo de espectacularidad. La subida se realizó en taxi hasta el aparcamiento y por un tramo de escaleras hasta la cima.
La siguiente etapa finalizaba en la Bahía Oriental pasando cerca del aeropuerto francés de l’Esperance. Atravesamos la urbanización más lujosa de Saint Maarten y terminamos en, lo que parece ser, el máximo atractivo de la Bahía: la playa nudista. Vimos parar varios taxis para que los pasajeros tomaran fotos, unas cervezas y siguieran camino. Quien quiso tomó el primer contacto con las cálidas aguas del Caribe, bebió algo o espero el momento del regreso.
Ya sin más paradas recorrimos la parte oriental de la isla y terminamos en la calle principal, la de las tiendas, de Philipsburg, donde llegamos alrededor de las 15:00.
No mienten los que dicen que nos encontramos en el paraíso de las compras. Electrónica, ropa de marca, licores, tabaco, joyas, relojes,... todo a muy buen precio para un español y también para un dominicano. Nos encontramos a drago y esposa (Carlos y Ana para los amigos) que nos informaron que le habían sacado el máximo partido al bono del barco taxi pues llevaban unos cuantos viajes para dejar las compras en el camarote del Costa Atlántica) Todo el mundo compró menos yo. Iba en busca de una cámara de video con disco duro pero necesito más tiempo que el que me permitía el cierre de las tiendas para decidir. Además yo iba con la idea de encontrar la cámara que había visto en España a mejor precio y lo que encontré fue una cámara mucho mejor a un ese precio, eso me descolocó y al final desistí. Me he arrepentido una cuantas veces pero ya no tiene sentido seguir flagelándome, así que he decidido olvidarme del tema y seguir sacándole partido a la cámara que tengo (además hasta le tengo cariño)
Nos subimos al barco taxi y regresamos al que durante un par de semanas iba a ser nuestro hogar.
A las 17:45 realizamos el simulacro de emergencia: todos bien alineados y guapos con nuestros salvavidas en la cubierta tres, para que nos grabaran para el video del crucero. Siempre me he preguntado si en los botes de salvamento hay tantas plazas como pasajeros y tripulantes hay en el barco, espero no tener que comprobarlo nunca pero me parece que más de 3500 personas estarían muy apretadas en los botes disponibles. Durante el simulacro el Costa Atlántica desatracó y poco a poco se fue alejando de una isla que me había dejado un poco frustrado porque no había hecho ninguna de las dos cosas que pretendía hacer: bañarme bajo el paso de los aviones y comprar la cámara.
Comimos un poco de pizza, paseamos un poco por las cubiertas para ir orientándonos y descubriendo sitios y rincones y disfrutando de nuestro primer cubata en el camarote (con ron que nos habíamos traído de casa y coca colas que compramos en Philipsburg) nos arreglamos para el espectáculo diario que era en el teatro Caruso a las 20:15. No se si porque estábamos cansados o porque el espectáculo era soporífero pero creo que no hubo nadie que aguantara sin dar una cabezada, lo que si puedo confirmar es que no se oyeron ronquidos. A las 21:15 (hora del segundo turno de la cena) estábamos como un clavo esperando a que abrieran la puerta para disfrutar de nuestra segunda cena.
Mientras hacíamos la digestión deambulamos sin rumbo fijo para llegar al salón Coralia, donde el “Duo Latino” amenizaba con bachatas, salsas, merengues, boleros, etc. La cantante era una cubana llamada Vicky Alonso que nos hizo sentir un poco en casa entre tanto ambiente italiano. A la una de la madrugada, no se los demás, pero yo estaba durmiendo placidamente.
Continuará ...