JUEVES, 19 DE ABRIL. ANTIGUA.
Si hoy es jueves esto es Antigua. Exceptuando La Romana, la escala en la que se disponía de más tiempo: 9 horas.
De nuevo el despertador hizo su función y nos levantamos a las 7 para poder desayunar en el restaurante. A las 8 y media el barco ya estaba en Saint John’s la capital de Antigua. Mientras desembarcábamos llegó otro crucero que se unió a los dos que ya estaban atracados. Sucedió lo mismo que en el resto de escalas: una perfecta organización de taxis y microbuses se encuentra a la espera de los cruceristas que no han optado por ninguna de las excursiones que se ofrecen en el barco. Lo primero que te enseñan es un mapa con los recorridos que hacen y luego te señalan un panel donde están reguladas las tarifas. Si se quiere regatear hay que salir de la zona portuaria y encontrar (lo más fácil del mundo) un taxista que quiera hacer lo que nos interese a un precio algo inferior. En realidad no creo que merezca la pena, por 30 $ por persona estuvimos unas 5 horas con el decano de los taxistas de Antigua, digo decano porque su licencia era la número 1 y tenía pinta de estar esperando la jubilación.
Dejamos la lujosa zona portuaria y en dirección sur abandonamos la capital. Pronto me percate de que conducen igual de mal que en Tórtola, aunque curiosamente todos se ponen de acuerdo en lo de ir por la izquierda y así no se provocan accidentes. Pasamos por All Saints y Liberta, el taxista iba contando detalles y anécdotas y supertec hacía la traducción simultánea al resto del grupo. En un suspiro atravesamos la isla y paramos en un estratégico mirador, con tiendas de recuerdos incluidas, que nos ofrecía una magnifica panorámica de English Harbour. Continuamos hasta Nelson’s Dockyard, monumento histórico ubicado en la más importante base naval que los ingleses construyeron en el Caribe, recorrimos sus dependencias durante más o menos una hora y seguimos hasta Shirley Heights, una fortaleza que domina English Harbour y que la protegía de los ataques piratas y que constituye un perfecto mirador de la bahía completa.
Por un camino algo distinto regresamos hasta Saint John’s, haciendo una parada en un supermercado donde nos abastecimos de ron “Cavalier”, seguimos luego hacia el norte hasta Dickinson Bay, allí el taxista nos dejó el tiempo que quisimos en una playa que disponía de bar y duchas. En la zona del bar había algo de gente pero a la que nos desplazamos unos 100 metros disfrutamos de una zona exclusiva para nosotros. Cuando nos hartamos de arena, sol y agua, nos tomamos unas cervezas. Buscamos al taxista y regresamos al puerto.
Tras un rápido tentempié en el buffet, bajamos de nuevo para aprovechar el tiempo disponible y callejear un poco por la ciudad. Ya se sabe que no es oro todo lo que reluce. A la que nos alejamos de la zona portuaria el lujo fue siendo sustituido por calles mal asfaltadas, aceras irregulares y casitas modestas, las joyerías se convirtieron en pequeñas tiendas de comestibles. Llegamos hasta el mercado, dividido en tres edificios: uno dedicado al pescado, otro para la carne y el tercero y mayor para frutas, verduras, resto de comestibles y cosas varias. Todo tenía su encanto, resultaba modesto pero no mísero y nos dio la impresión de que conocíamos un poco la Antigua real. A medida que nos alejábamos del puerto destacaba más nuestro pálido color y cuando vimos que éramos los únicos turistas de la zona decidimos regresar (no porque tuviéramos ninguna sensación de temor sino porque nos estábamos alejando demasiado).
Llegamos al centro y seguimos andando hacia el otro lado. Las calles estaban mejor asfaltadas, las aceras perfectas, se notaba que era una zona más rica que la que rodeaba el mercado. Alrededor de las cinco de la tarde, después de comprar los obligatorios recuerdos (no se trata de un puerto franco por lo que no había oferta de cámaras de video ni con disco duro ni sin el), regresamos al barco de nuestros amores.
Esa noche actuaba Van Pressley Jr., anunciado como cantante de “The Platters”, no se si se trataba de un componente del grupo original o alguien que se había añadido con posterioridad a su época famosa, la cuestión es que hasta la hora de la cena asistimos a sus cantos y a sus intentos de hacerse el cómico.
Después de cenar no podíamos eludir nuestra cita con Vicky aunque al poco de llegar fue sustituida por el grupo de animación que organizaba un karaoke. Es de admirar el poco sentido del ridículo de algunas personas, fue patético ver como un francés (llamado Patrick y que se apuntaba a todas las actividades) masacraba canción tras canción, “Oh sole mío” incluida, para desgracia de los italianos. Pero si no hubiéramos asistido al karaoke no nos habríamos reído tanto como nos reímos.
De camino hacia la discoteca nos cruzamos con el buffet sorpresa de media noche, dedicado está vez a lo rústico y a las frutas. Después de mover un poco el esqueleto nos retiramos para, como no, tomarnos el cubata y acostarnos.
Continuará ...