Cuando era niño los barcos tenían los mejores camarotes en la cubierta de botes, que era también la cubierta de paseo y donde se hacían muchas actividades al aire libre. Como sus ventanas daban la cubierta y no había aire acondicionado, solían tener las ventanas abiertas y con las cortinas abiertas para que entrase el aire. A mi, en cuanto encontraba una ventan abierta tenía que meter la cabeza por la misma para mirar. Tenía que darme prisa pues rápidamente había alguien de la familia que me estiraba para que sacase la cabez de la ventana. Si mis familiares no se daban prisa, era entonces el pasajero o pasajera que, o bien me chillaba, o bien, de formal delicada corria la cortina.
Tenía una obsesión con mirar dentro, y mientras no conseguía que cerrasen primero la ventana, luego los estores y finalmente las cortinas, no me buscaba otra distracción más emocionante.
Ahora reconozco que como niño era un peñazo para los pobres pasajeros de los camarotes de la cubierta de botes, pero en aquella época no entendía por que la gente mayor, en vez de cerrarme a cal y canto su intimidad, no empezaban por saludarme, darme los buenos días, e incluso haberme invitado a entrar y tomar alguna golosina, que era lo que yo hacía con todo el mundo en cuando entraban en mi intimidad. De todas maneras, yo siempre daba gracias a Dios cuando, tras ofrecer una golosina recién salida de mi bolsillo a un adulto, nunca aceptaba el regalo y me invitaba a lavarme las manos, cosa que yo no veía la relación que podía tener.
En las veces que mis padres eran los ocupantes de esos camarotes, en cuanto podía, me asomaba a la ventana sobre la cubierta de botes y miraba a todo el mundo, mostrándole con orgullo "mi" camarote. Esto hacía mucho más incomprensible la reacción de los adultos que, en la recíproca, no hacían como yo.