(continuación)
Yo entiendo perfectamente que una persona puede tener una personalidad o carácter que no sea especialmente amistoso, es decir, que no posea la amabilidad y cortesía naturales, que son condición “sine qua non” en una profesión de atención al público.
Por ello pienso que dicha persona no debiera estar “precisamente” en un lugar tan importante como la atención al cliente. Por muchas que sean las lenguas que domine y los méritos culturales que demuestre, lo importante en un lugar tan sensible como es el “Customer Desk” es ser siempre amable, sonriente a ser posible, estar siempre dispuesto a dar una cordial respuesta al cliente, sean las peticiones de éste, incluso si no son asumibles o sensatas. Y por encima de todo debe poseer lo que se llama “empatía”, es decir, saber ponerse en el lugar de quien atiende, valorar su estado de ánimo, adecuarse a su edad y a su estado físico o psíquico.
Y más importante aún: no puede en ningún modo discriminar por razón de nacionalidad, raza o religión. Y debe ser capaz de superar sus malos momentos personales de manera que no afecten a su desempeño profesional. En definitiva, debe ser una persona “excepcional”, no cualquier persona vale para ello, lo confieso abiertamente: es un trabajo difícil, que exige una selección muy cuidadosa por parte de la empresa, y por tanto debe ser también un trabajo bien remunerado.
Y debo confesar también que en mis viajes éste es el tipo de personas con que me he encontrado y he podido ser testigo en las colas antes que llegue mi turno de como atienden con paciencia y amabilidad a los pesados pasajeros que me preceden, a personas que piden cosas absurdas, a gente que llega enfadada y gritando.
Yo no hice nada de todo esto, hablé con mi educación habitual, en todo cordial y correcto, sin gritos ni malas caras. Y no pido que despidan a esa empleada, pero tal vez sí que la “recoloquen” en un sitio donde no sea tan “peligrosa” para los pasajeros y también, de rebote, para la propia compañía Costa, por la mala publicidad que le hace con su deficiente educación e incomprensible comportamiento.
El mío, de comportamiento, fue el que siempre uso: con cara cansada (lo estaba, realmente) y gran humildad me dirigí a ella para intentar solucionar lo que yo sólo consideraba un pequeño problema. Y fue su actitud y no otra cosa la que me llevó a pedir que, por favor, me indicara la manera de poder hablar con la Anfitriona de Español o bien con el Jefe de Relaciones Públicas (en realidad dije con la persona que se encarga del Costa Club, ya que sabía que se trataba de la misma persona). A este requerimiento, y después de consultar el “Today”, contestó, todavía con mayor brusquedad y mala cara, que debía esperarme a las 17,30 para poder hablar con ellas. Eran las 10 de la mañana, faltaban muchas horas para no encontrar otra solución mejor. Inconcebible en una compañía que presume de seriedad y excelente servicio como Costa.
Me pareció increíble pero me resigné. Estaba cansado, llevaba dos noches sin dormir, la del viaje en avión y la anterior , debido a que la pérdida total del equipaje en el Concordia me obligó a emplearme a fondo buscando en casa y pidiendo a familiares y amigos lo mínimo necesario para salir del paso, ya que no tuve durante la corta semana de margen entre los dos cruceros posibilidad alguna de efectuar compras, pues trabajé en mi despacho profesional cada día hasta muy tarde y gaste el resto de tiempo en los farragosos trámites de renovación de toda la documentación personal y las tarjetas de crédito, que han quedado encerradas en la caja fuerte del camarote del Concordia.
Por ello decidí ir a mi camarote y deshacer la maleta que me acababa de llegar, sin esperar nada ya de los responsables del barco. Sólo me sabía mal por la agente de “El Corte Inglés”, que no vería premiado su trabajo.
Ahora me doy cuenta que las personas que están en la recepción de un barco son muy importantes de cara a la imagen que dan del servicio prestado , mucho más que un cabinista o un camarero, y es que se espera más de ellas, ya que se acude precisamente cuando se está angustiado y se tiene un problema a resolver. Una una mala experiencia con ellas conlleva en mayor medida que cualquier otra mala experiencia vivida en el crucero a una calificación muy negativa del servicio recibido, que puede hacer mucho daño al prestigio de la naviera que no vigile la catadura psicológica y moral de este importante personal.
Visto, además, que el barco iba lleno (la rotundidad con que lo dijo Ángela, la maleducada recepcionista, no dejaba lugar a dudas) me desanimó totalmente respecto a que pudiera ser atendida la petición de “El Corte Inglés”.Abrí la maleta y puse la cosas en su sitio, llené los colgadores y los cajones con mis prendas “prestadas” o compradas y por estrenar, y me estiré en la cama pensando poder dormir una buena siesta hasta que el cuerpo me dijera basta y recuperar el sueño de dos noches sin dormir, y si no comía y/o cenaba tampoco pasaría nada.
Pero lo peor estaba por venir: empezaron los golpes en la puerta del camarote...
(continuará)