Lunes 11 de Febrero de 2008 / Barcelona – Madrid – Isla Margarita . 13 días antes del asesinato.
A las 7 estábamos frente el mostrador de Pullmantur en el aeropuerto del Prat. Tres años antes en ese mismo punto un par de horas antes hora habíamos coincidido con dos parejas que iban a hacer el mismo crucero que nosotros, Carol y Victor de Igualada, celebrando, como nosotros, las bodas de plata y Judit y Victor de Castelló d’Ampuries que iban de luna de miel. Ahora las circunstancias eran un poco distintas.
Marga se sentó en un banco y quedó al cuidado de las maletas. Yo me acerqué hasta el mostrador. La persona que lo atendía llevaba el uniforme de otra mayorista, por lo que supuse que estaría sustituyendo al empleado de Pullmantur. Cuando se dignó mirarme le entregué el documento que había recibido en el sobre. Por un momento deseé que el hombre me dijera que lo lamentaba, pero que ese documento no era valido, que había habido un error y era imposible que volara hasta Isla Margarita ese día. Pero después de rebuscar en un fajo de sobres, sacó uno, lo abrió y fue extrayendo su contenido a medida que recitaba:
- Aquí tiene los billetes del vuelo hasta Madrid, los de Madrid a Venezuela, los bonos del barco y los del hotel. Recoja las tarjetas de embarque y facture el equipaje en los mostradores 60 a 63. Cuando llegue a Madrid recoja las maletas y diríjase al mostrador de Air Comet. ¡Buen viaje!- Volvió a guardar la documentación en el sobre y me lo entregó.
Había que empezar a trabajar.
- Perdone, ¿usted no me podría facilitar una lista con las personas que van a hacer el crucero?
- No señor.
- Es que me gustaría contactar a la gente de Barcelona para formar un grupo para hacer excursiones y tal.
- Lo siento señor pero no puedo hacer eso.
- Ya, pero si yo le garantizo que no le diré a nadie de donde he obtenido la información y le compenso con, digamos cien euros, por las molestias ...
- Señor, no puedo porque la persona que lleva esto nunca me autorizaría a darle esa información, hay una cámara que nos está grabando y me juego mi puesto de trabajo.
¡Perfecto! Ya sabía que la lista sería mía, ahora estábamos negociando el precio.
- Esa cámara, ¿graba también el sonido?
- No.
- Entonces si yo le entrego un sobre con 200 euros, usted ¿podría entregarme la lista?
- Aquí no hay ordenador y yo solo tengo una copia de la lista de toda la gente que hoy vuela a cualquier parte. Tendría que hacer una fotocopia y si ahora usted me entrega algo y yo le doy la copia puede resultar sospechoso y me pueden hacer muchas preguntas.
Efectivamente no había ningún ordenador en el exiguo espacio del mostrador, solo un teléfono con fax.
- Si yo me voy a por las tarjetas de embarque y regreso y le entrego un sobre que contenga 300 euros y le digo que ha habido un error en los pasajes, usted ¿podría entregarme otro sobre en el que hubiera introducido una copia de la lista sacada con el fax?
- Vuelva en una media hora. – Respondió.
- Hasta luego.- Dije y me dirigí al banco donde esperaba Marga.
- ¿Qué pasa?- Pregunto cuando llegué a su lado.
- Nada, que no sabe si las maletas hay que recogerlas en Madrid o van directamente hasta Isla Margarita.- Mentí.- ¡Vamos!
Siete personas aguardaban su turno, habían llegado mientras negociaba con el empleado. Las observé preguntándome si la que había deslizado el sobre bajo mi puerta se encontraba entre ellas y porque le era tan difícil darse a conocer. Mis dotes de observación, las que nos habían permitido resolver más de un caso, tenían que ponerse de nuevo a trabajar. Descarté a una pareja joven con un niño y me quedé con el rostro de las otras dos parejas de mediana edad que, al parecer, viajaban juntas.
Fuimos los primeros en facturar el equipaje y obtener las tarjetas de embarque. Nos dirigimos al control de la Guardia Civil, pero antes de llegar al arco detector de metales cogí el sobre que me había entregado el hombre y simulé que rebuscaba en su interior.
- No está el bono del hotel.- Dije.- Espera aquí un momento, ahora vengo.
Marga no tuvo tiempo de reaccionar. Mientras bajaba las escaleras miré hacía el lugar donde la había dejado para comprobar que seguía inmóvil en ese punto. Su expresión era interrogativa pero solamente me seguía con la mirada.
Por el camino vacíe el sobre y puse 300 euros en su interior. Cuando llegué al mostrador comprobé que había una cola considerable. Disponíamos de tiempo de sobra y sería un buen momento para analizar a la gente que esperaba. Pero si me demoraba demasiado Marga acudiría en busca de respuestas y era pronto para contar nada. Mientras me acercaba miré al empleado que asintió en un gesto casi imperceptible. Llegué al mostrador justo en el momento en que una pareja recogía su sobre y otra se disponía a ser atendida.
- ¡Perdonad!- dije en un tono que no admitía discusión.- Pero me han dado una documentación errónea y tengo que pedir la buena. Solo será un minuto.- Añadí, con la mejor de mis sonrisas.
No di opción a nada y me planté frente al empleado. La joven pareja se resigno a esperar un poco más.
- Creo que la documentación no está completa.- dije. El hombre abrió un poco el sobre, supongo que procurando que la cámara no captara su contenido, para cerciorarse de que contenía el dinero prometido.
- Efectivamente falta esto.- Dijo entregándome otro sobre.- Disculpe.
- No se preocupe, no pasa nada.
- Que tenga un buen viaje.
- Gracias. Adiós.
Tras dar un último vistazo a la cola de viajeros con la esperanza de descubrir, sin éxito, aunque solo fuera una mirada cómplice que me indicara a quien había que proteger, regresé al punto donde Marga esperaba pacientemente. Un breve vistazo al interior del sobre me había confirmado la existencia de varias hojas de fax con un listado de nombres.
- ¡Ya está! Todo listo.
Pasamos el control y nos entretuvimos paseando y curioseando por las tiendas libres de impuestos. Nunca comprábamos nada, pero se había convertido en un ritual cada vez que pisábamos el aeropuerto. Desayunamos en una de las cafeterías y a la hora prevista embarcamos en el avión. Antes de darnos cuenta ya estábamos en Madrid recogiendo las maletas para facturarlas de nuevo rumbo a Isla Margarita.
La anécdota del día tuvo lugar en la cola de embarque del vuelo a Porlamar. La zona era algo caótica con colas para los vuelos con destino Brasil, Cuba y Venezuela. Nos pusimos en la cola que suponíamos correspondía al vuelo de Isla Margarita hasta que descubrimos que estábamos en la de La Habana. Cambiamos de cola y nos pusimos detrás de dos parejas jóvenes que nos confirmaron que estábamos en la correcta. Nuestras mochilas de Pullmantur nos delataron y entablamos conversación, los cuatro iban a realizar, como nosotros, el crucero. Uno de los chicos comentó que había obtenido información sobre el crucero en un foro de Internet, la información era completísima y la había recopilado una tal bibi.
- Bibi Rodríguez.- Apostillé.
- Si creo que sí, ¡vaya currada! Ahí está todo explicado, la llevo impresa. En ese foro también hablaba uno que iniciaba hoy el crucero, su nick era JOTAEME.
Marga y yo cruzamos una mirada y una sonrisa. El chico se mostró intrigado.
- Aquí tienes a JOTAEME.- Dijo Marga.
Luego vino lo de ¡qué casualidad!, ¡el mundo es un pañuelo!, risas y esas cosas. Nos presentamos: Jenny y Juan de San Martín de la Vega, Madrid y Eli y Frank de Santa Coloma de Cervelló, Barcelona, ambas parejas estaban de luna de miel. La charla hizo pasable la espera ya que la salida se retrasó alrededor de una hora.
Cuando embarcamos la azafata nos indicó que nos sentáramos donde quisiéramos porque había habido un cambio en el avión asignado y las plazas de nuestras tarjetas de embarque no valían para nada. ¡Perfecto para el que había pedido una fila determinada y ahora se la encontraba ocupada!
Unos minutos después de las cuatro de la tarde nuestro avión alzó el vuelo y nos dispusimos a pasar las siguientes ocho horas y media de la mejor manera posible, algo bastante complicado en clase turista en un charter de Air Comet. Desde nuestros asientos se distinguían poco y mal los monitores por los que se emitían las películas, por lo que nos ahorramos su visionado. La toma de sonido del asiento de Marga no funcionaba así que compartimos la mía hasta que nos aburrió la música que se nos ofrecía. Estuvimos leyendo, haciendo crucigramas y sudokus y jugando a cartas hasta que nos sirvieron la comida. Para que extenderse en este tema: la típica comida de un vuelo charter de baja categoría: ayuda a mitigar el hambre y poco más. Luego nos dormimos en la incomoda posición que los incómodos asientos de ese avión nos permitía.
Abrí los ojos, Marga seguía durmiendo, busqué en la mochila el sobre que el empleado que sustituía al de Pullmantur me había facilitado y saqué su contenido. La relación contenía los nombres de todas las personas que ese día viajaban con vuelos gestionados por Pullmantur desde Barcelona a cualquier destino. Junto a nombre y apellidos, el número de vuelo y hora de salida y el destino final. Pero el destino estaba en código y no tenía ni la más remota idea de lo que significaban aquellas letras y números.
- ¿Qué haces?- La voz de Marga me sobresaltó.
- Leer.
- ¿Qué lees?
- La relación de pasajeros de Pullmantur.
- ¿Para qué? ¿De donde la has sacado?
Pensaba mantener el secreto del asunto el máximo tiempo posible. Es más, si al final no pasaba nada, tenía la intención de no comentar nada con Marga. Pero ahora ya había pasado algo y no se me ocurría nada que pudiera justificar la posesión de la lista. No se iba a creer que iba en el sobre con los pasajes y bonos. No se iba a creer ninguna mentida por muy elaborada que estuviera y no tenía tiempo para elaborar nada. Así que le conté la verdad. Con pelos y señales. Le conté todo lo sucedido desde el momento en que el sobre apareció bajo la puerta.
Si algo admiro de Marga es que nunca pierde los nervios, cuando está enfadada tiene la habilidad de no decir una palabra más alta que otra, de no variar su tono de conversación, de insultar sin que los vecinos de asiento se den cuenta. Y también tiene la habilidad de seguir haciendo su vida como si nada hubiera pasado. Cuando discutimos el mosqueó me puede durar horas o días, ella, cuando ha finalizado la discusión, es capaz de volver a la normalidad en un instante. Y eso fue lo que pasó: se molestó, se enfadó, me insultó, me amenazó y luego me perdonó, me sonrió y me cogió la hoja de papel.
- Y ¿qué pensabas hacer con esto?
- Pensaba eliminar pasajeros basándome en que el sobre me lo ha mandado una mujer de mediana edad que viaja acompañada por su pareja.
- Pero no hay que descartar otras posibilidades, ¿no crees?.
- Por algo hay que empezar. Lo malo es que no sé a donde va la gente, está codificado.
Reconocí al instante la expresión de Marga, era la que usaba cuando yo había dejado pasar un detalle que para ella era evidente.
- ¿A dónde vamos nosotros?- Preguntó.
- ¡A Isla Margarita! ¿No lo sabes o qué?
- ¡Claro que lo sé! Si miras el código que hay junto a nuestros nombres podrás saber la totalidad de pasajeros que hacen el mismo viaje que nosotros.
Otra cosa que admiro de Marga es su capacidad para decir: “¡Eres idiota, no te enteras de nada!”, sin decirlo y lo más importante sin parecer que lo dice, es decir sin hacerte parecer idiota y que no te enteras de nada. Marcó con su bolígrafo el código de nuestro destino y luego fue señalando todas las líneas que contenían ese código.
A medida que señalaba iba contando en voz alta. La última señal coincidió con el número 45.
- ¡Cuarenta y cinco!- Exclamé.- Medio mundo. Y hasta que no les vayamos conociendo no podemos descartar a nadie. Y solo sabemos su nombre y con ello su sexo, pero no sabemos su edad ni con quien viajan.
- Podemos descartar a Frank y a Eli y, por supuesto, a nosotros. Ya solo quedan 41 nombres. ¿Cuántos pasajeros van en el barco?
- Unos seiscientos o setecientos.
- Pues ya hemos acotado un montón ¿no?. Gracias a la lista podremos centrarnos en unos pocos. Pensemos que ya estamos a bordo, ¿qué buscamos?
- A una mujer de mediana edad que vive en Barcelona.
- Bueno, pues a medida que vayamos tropezando con los 45, iremos descartando a los niños, a los muy jóvenes, a los muy mayores y a los que no residan en Barcelona. Claro que ...
- ¿Qué?
- ¿Cómo sabemos que tu amiga voló hoy desde Barcelona a Madrid?
- Es lo lógico ¿no?
- Sí. Pero ¿quién te garantiza que no decidieron pasar el fin de semana en Madrid y volaron hasta la capital el viernes o el sábado? Además, ¿quién te garantiza que vinieron en avión?
- Nadie, habrá que esperar que hayan hecho lo mismo que la mayoría, habrá que esperar que sus nombres figuren en la lista.
- ¡Ah!, otra cosa. Quiero disfrutar del crucero. Si además localizamos a esa gente, si además logramos impedir el famoso asesinato, perfecto. Pero, no quiero pasar las dos semanas pendiente de la búsqueda de un escurridizo fantasma. No creo que nadie se tome tantas molestias por nada, así que supongo que a bordo habrá alguien que se siente amenazado de muerte y que por algún extraño motivo no puede ser más explicito. Pero eso no significa que vaya a dejar pasar la oportunidad de gozar del crucero y de Isla Margarita. Solo siento que no hayan elegido una vuelta al mundo a bordo del Queen Mary II, pero puesto que esto es lo que hay quiero sacarle el mayor provecho, ¿vale?
- Si, si, por supuesto.
- Eso significa que si nos apetece pasar un par de horas en la playa, no dejaremos de hacerlo para perseguir a turistas desconocidos, ¿vale?
- Si, hombre, sí.
- Te conozco demasiado para creérmelo del todo, pero te daré un voto de confianza.
Quedamos en silencio ensimismados en nuestros pensamientos que, por lo menos en mi caso, giraban en torno a la misteriosa persona y su misterioso potencial asesino.
Me despertó un codazo de Marga.
- La merienda.- Anunció.
Recibí una bandeja con una frugal merienda que devoré en un instante. Faltaba poco para llegar y nos entregaron unos hojas que había que cumplimentar, un par de impresos para pasar los tramites de inmigración a la entrada a Venezuela y una hoja en la que había que anotar nuestros datos para el barco. Aproveché para cambiar la hora del reloj y adecuarla a la del barco. Marga mantuvo todo el tiempo la hora de España para no tener que calcular la hora más adecuada para llamar por teléfono a la familia.
Aterrizamos alrededor de las siete, pasamos el control de inmigración, comprobamos que nuestro equipaje había llegado sin novedad y pasamos el control de seguridad sin ninguna incidencia. A la salida del aeropuerto de Porlamar nos esperaba personal de Maloka que nos indicó que depositáramos las maletas en una furgoneta y montáramos en un autobús que nos iba a llevar hasta el barco.
La guía de Maloka nos dio las primeras instrucciones y un impreso para determinar el modo de pago de los gastos a bordo del barco. Treinta minutos después nos reencontrábamos con el Holiday Dream. Nos recibieron con un cóctel, recogieron el documento que había cumplimentado en el avión y nos entregaron nuestras tarjetas de identificación y un plano del barco, me quedé con la autorización para el cobro de los gastos a bordo con la indicación de que debía entregarlo en recepción. Estaba lloviendo a mares, nos tomaron la foto de rigor junto a un salvavidas del barco, nos facilitaron un paraguas para recorrer sin mojarnos el corto trayecto que había desde la terminal hasta el barco y, por fin, subimos la misma escalerilla que habíamos subido casi tres años antes en Cozumel. Un hormigueo de excitación me recorría el estomago y casi me hacía flaquear las piernas cuando entramos de nuevo en el Holiday Dream. Multitud de recuerdos vinieron a mi mente. Recuerdos sobre el barco y sobre el crucero pero sobre todo un sentimiento de añoranza por los amigos que habíamos hecho en aquel viaje y que ahora no nos acompañaban: Marivi y José de Talayuela, Judith y Victor de Castelló d’Empuries, pero sobre todo de Carol y Victor de Igualada, estos últimos se habían convertido en algo más que compañeros de viaje, se habían convertido en unos buenos amigos a los que ahora extrañábamos profundamente.
Fuimos acompañados hasta nuestro camarote, el 8061 que se convertiría en nuestro hogar la próxima semana. El camarero nos recordó el funcionamiento de la rueda de la entrada, mediante la que indicábamos si estábamos o no en el camarote y si podían o no realizar su limpieza. Tras una serie de consejos e indicaciones nos quedamos solos en el camarote. Solo había una diferencia con el que habíamos ocupado en Marzo de 2005: el gran ventanal que nos permitía ver si estaba nublado o hacía sol, si era de día o de noche, si nos encontrábamos en puerto o en alta mar, se hallaba sustituido por un par de cuadros.
- ¡No tiene ventana!- Exclamó Marga.
- No. Es interior. Ya lo sabía, ¿no te lo dije?
- No. No sé porque me había hecho a la idea que sería igual que el otro ... ¡Bueno! Tampoco importa demasiado. Por lo menos es igual de grande y no tiene literas.
Las literas, aunque plegadas, aumentan la sensación de claustrofobia, de espacio reducido. El hecho de que fuera interior o exterior no había sido determinante en el otro crucero. Marga siempre había dicho que el camarote era para dormir, que el resto del tiempo había que pasarlo en cubierta o en cualquier otro lugar del barco, así que poco nos tenía que preocupar la existencia o no del ventanal. Aunque en el fondo ahora lo echábamos un poco de menos.
El equipaje tardaría un poco en llegar, así que salimos del camarote. Habíamos quedado con vilocha y ermiki en el bar Lido a las siete, pero ya eran las ocho (además el bar Lido cierra a las seis, pero eso no lo sabíamos cuando decidimos el punto de encuentro). Llamé a la puerta del camarote de Mª Eugenia (vilocha) y Ángel, que era prácticamente contiguo al nuestro, nuestros amigos virtuales pasaron a ser de carne y hueso, nos presentamos y hablamos unos minutos. Habían quedado con Mari y Miguel Angel (ermiki) en el salón Broadway a la hora del espectáculo. Les dejamos para recorrer de nuevo las cubiertas que habíamos conocido durante la celebración de nuestras bodas de plata. Ahora, eso sí, con la novedad de que el “Todo Incluido” nos permitiría tomar tantas copas como quisiéramos en los lugares que quisiéramos.
Iniciamos el camino curioseando la pequeña zona de tiendas que se encontraba a pocos metros del camarote, recorrimos el karaoke y el salón Broadway que estaban vacíos en ese momento. Nuestra cubierta era la 8, según el plano que nos habían facilitado y nuestros propios recuerdos, sabíamos que hacía abajo, aparte de camarotes, solo se encontraba el mostrador de recepción, la oficina de excursiones, el pequeño bar Harry’s y el Grand Restaurant en la cubierta 7, el viejo conocido centro medico en la 4 y el gimnasio y spa en la 2, así que decidimos subir a la cubierta 9.
Atravesamos el desierto casino, pasamos por la discoteca Starlight y salimos a la terraza Clipper, disfrutando de la cálida brisa que la noche caribeña nos estaba ofreciendo. Había dejado de llover. Después ascendimos una nueva cubierta para reencontrarnos con el buffet Panorama en el que habíamos saboreado unos cuantos copiosos desayunos en 2005. Un nuevo tramo de escaleras y llegamos a la cubierta 11 donde nos encontramos con el solarium y los jacuzzis, rodeamos el espacio destinado a los niños y recorrimos la zona de la piscina Lido, sin agua en ese momento. Dimos una vuelta por el Club Belvedere y regresamos al camarote para comprobar que nuestras maletas aún no habían llegado. Sin poder cambiarnos de ropa nos dirigimos al Broadway, Mª Eugenia nos esperaba en la puerta y nos acompañó hasta la mesa que ocupaban los demás, nuevas presentaciones y ya nos conocíamos todos.
Por fin disfrutamos de nuestro primer combinado y de nuestro primer espectáculo. No pudimos charlar hasta que finalizó la actuación y eso hicimos mientras esperábamos la hora de la cena. Las dos cenas anteriores habían compartido mesa con unas malagueñas muy marchosas y a pesar de que habían comentado con el maitre del restaurante que a nuestra llegada queríamos estar juntos los seis, les sabía mal abandonar a las chicas. Empezamos a darle la lata al maitre para que nos asignara una mesa en la que cupiéramos todos, al final se consiguió pero en zona de no fumadores. A las chicas no les gustó la idea de no poder fumar, Marga y yo comentamos que no pasaba nada si no cenábamos juntos, pero vilocha y ermiki insistieron en que no querían dejarnos solos y al final las malagueñas se quedaron en su mesa y nosotros seis ocupamos una en la que no se podía fumar. Sin embargo cuando los ocupantes de las mesas contiguas terminaron de cenar y abandonaron el restaurante se abrió la veda y los fumadores pudieron dar rienda suelta a su vicio.
En la sobremesa acordamos el plan del día siguiente: buscar algún taxista que nos llevara a los sitios típicos de la isla para terminar en alguna playa y regresar al barco a tiempo de comer. Después podríamos dar una vuelta por Saint George, la capital de Grenada, hasta la hora del embarque.
Este era un aspecto que, al principio, me había hecho dudar. Si nos juntábamos con nuestros nuevos amigos, ¿no íbamos a perder oportunidades de encontrar a la misteriosa mujer y a su acompañante?, pero de todas formas ¿qué hacer?. ¿Era más probable encontrarles si contratábamos una excursión con el propio Pullmantur o incluso si buscábamos formar grupo con pasajeros, procedentes de Barcelona y que hubieran embarcado ese mismo día? ¿No provocaría eso un incumplimiento del compromiso que había adquirido con Marga en cuanto al disfrute del crucero? La simpatía de los cuatro nuevos contertulios me hizo terminar de decidir: iba a complacer a Marga, iba a pasarlo lo mejor posible y si además descubríamos algo pues mejor, pero no iba a hipotecar el viaje a no ser que descubriera alguna evidencia relevante, no simples suposiciones.
Después de degustar un buen café en el Harry´s comprobamos que las maletas ya estaban en el camarote, dejamos para más tarde la tarea de deshacerlas y pasamos por el karaoke y la discoteca donde tomamos la última copa del día. A las dos, unas veintiséis horas después de levantarnos, por fin, nos acostamos.