<font size="5">COSTA SORRENTINA Y AMALFITANA</font id="size5">
COSTA SORRENTINA
Como todos sabemos, el signo de exclamación, también llamado signo de admiración, indica sorpresa y asombro. Es decir, un estado de ánimo exaltado. ¿Y acaso no son éstos los sentimientos que, desde hace cientos de años, conmueven y fascinan a turistas y viajeros, gente sencilla y personalidades que vienen a visitarnos? ¿No son éstas las emociones capturadas por los artistas de fama mundial que a lo largo de los años se han dejado seducir por la Divina Costiera, y cuya belleza han expresado después en forma de poesía, música o pintura? Dolce vita. Y magnífica. Pero también otium, como lo entendían los antiguos romanos: ocio sereno, pero fecundo para la mente y para el cuerpo. ¿No fue también el encanto de estas antiguas tierras el que sosegó los espíritus inquietos de grandes talentos como Wagner y Goethe, Ibsen y Nietzsche, Shelley y Tolstoj, que aquí vivieron y trabajaron, y el que impulsó la inspiración de su genio creativo gracias al clima, los paisajes y la sencillez de lo cotidiano?
En cualquier época del año la Península Sorrentina encierra auténticas bellezas: natural, histórica y legendarias. Todas las estaciones ofrecen magníficas sorpresas. En el interior de las murallas de los pueblos que la componen, los monumentos y los edificios, las iglesias y las plazas, son testigos de antiguas civilizaciones. Los griegos construyeron calles y templos. Los romanos, numerosas “villas”. Después llegaron pueblos extranjeros de idiomas y culturas diferentes, desde la edad media: normandos y angevinos, suevos y españoles... Un pesimista diría que eran dominadores; un optimista deduciría que de ahí nace la vocación turística local, ese fuerte sentido de la hospitalidad, de la amabilidad y de la acogida que ha hecho de estos lugares una de las metas más conocidas y apreciadas en todo el mundo por parte de una entusiasta clientela internacional.
Más allá de las murallas, además, mar azul y verdes colinas, ensenadas retiradas y abruptos acantilados, torres sarracenas y ruinas imperiales, bosques impenetrables e islotes prácticamente inaccesibles, cuentan historias del pasado: rastros dejados por el hombre y leyendas mitológicas según las cuales en estas regiones residían las peligrosas y bellísimas Sirenas. Historias prodigiosas y melancólicas, enmarcadas por los tenues colores de los amaneceres o de los crepúsculos, y por la magia de la naturaleza, en muchos aspectos todavía salvaje y misteriosa. Sobre todo de noche, cuando las luces de la costa se reflejan en ese mar incontaminado, silencioso espejo iluminado por los reflejos de candiles y de barcos de pesca, más allá de las rocas desnudas y cálidas.
En cualquier época del año la Península Sorrentina encierra auténticas bellezas: natural, histórica y legendarias. Todas las estaciones ofrecen magníficas sorpresas. En el interior de las murallas de los pueblos que la componen, los monumentos y los edificios, las iglesias y las plazas, son testigos de antiguas civilizaciones. Los griegos construyeron calles y templos. Los romanos, numerosas “villas”. Después llegaron pueblos extranjeros de idiomas y culturas diferentes, desde la edad media: normandos y angevinos, suevos y españoles... Un pesimista diría que eran dominadores; un optimista deduciría que de ahí nace la vocación turística local, ese fuerte sentido de la hospitalidad, de la amabilidad y de la acogida que ha hecho de estos lugares una de las metas más conocidas y apreciadas en todo el mundo por parte de una entusiasta clientela internacional.
Más allá de las murallas, además, mar azul y verdes colinas, ensenadas retiradas y abruptos acantilados, torres sarracenas y ruinas imperiales, bosques impenetrables e islotes prácticamente inaccesibles, cuentan historias del pasado: rastros dejados por el hombre y leyendas mitológicas según las cuales en estas regiones residían las peligrosas y bellísimas Sirenas. Historias prodigiosas y melancólicas, enmarcadas por los tenues colores de los amaneceres o de los crepúsculos, y por la magia de la naturaleza, en muchos aspectos todavía salvaje y misteriosa. Sobre todo de noche, cuando las luces de la costa se reflejan en ese mar incontaminado, silencioso espejo iluminado por los reflejos de candiles y de barcos de pesca, más allá de las rocas desnudas y cálidas.
En cualquier época del año la Península Sorrentina encierra auténticas bellezas: natural, histórica y legendarias. Todas las estaciones ofrecen magníficas sorpresas. En el interior de las murallas de los pueblos que la componen, los monumentos y los edificios, las iglesias y las plazas, son testigos de antiguas civilizaciones. Los griegos construyeron calles y templos. Los romanos, numerosas “villas”. Después llegaron pueblos extranjeros de idiomas y culturas diferentes, desde la edad media: normandos y angevinos, suevos y españoles... Un pesimista diría que eran dominadores; un optimista deduciría que de ahí nace la vocación turística local, ese fuerte sentido de la hospitalidad, de la amabilidad y de la acogida que ha hecho de estos lugares una de las metas más conocidas y apreciadas en todo el mundo por parte de una entusiasta clientela internacional.
Más allá de las murallas, además, mar azul y verdes colinas, ensenadas retiradas y abruptos acantilados, torres sarracenas y ruinas imperiales, bosques impenetrables e islotes prácticamente inaccesibles, cuentan historias del pasado: rastros dejados por el hombre y leyendas mitológicas según las cuales en estas regiones residían las peligrosas y bellísimas Sirenas. Historias prodigiosas y melancólicas, enmarcadas por los tenues colores de los amaneceres o de los crepúsculos, y por la magia de la naturaleza, en muchos aspectos todavía salvaje y misteriosa. Sobre todo de noche, cuando las luces de la costa se reflejan en ese mar incontaminado, silencioso espejo iluminado por los reflejos de candiles y de barcos de pesca, más allá de las rocas desnudas y cálidas.
COSTA AMALFITANA
Mirándola desde arriba, desde lo alto de su cielo, de un inolvidable azul puro, parece calcárea e impracticable. De una belleza salvaje, deslumbrante, que nadie conseguiría mellar nunca. Y, si la expresión “paraíso terrenal” tiene algún significado, es éste el lugar que le da un sentido completo y comprensible para todos. «Aquí está el jardín que buscamos siempre e inútilmente en pos de los lugares perfectos de nuestra infancia», describía la Costa Amalfitana, totalmente cautivado por el esplendor de los lugares, el poeta Salvatore Quasimodo. Un verdadero edén donde, según antiguas leyendas, la madre naturaleza con mano generosa concentró potenciados los cuatro elementos primordiales de la vida, suscitando encanto y emociones genuinas. Así, en este espacio mágico de apenas 42 kilómetros, a la tierra dio forma de roca que desciende hacia el mar, de forma escalonada o en barranco, con golfos profundos y estrechos, montes, escollos y promontorios, y con sus playas de cantos blancos. Al agua, que entra por todos los recovecos, le concedió transparencias y reflejos verdeazulados, ensenadas y marinas, donde, durante milenios, los marineros y viajeros que surcaban este mar de cristal, encontraron descanso, cobijo y placer. El aire límpido y sereno de los miradores, erosionados por el viento que se asoman a este paisaje, fragmento de infinito, se cargó de aromas y perfumes intensos: desde la sal, como una caricia del mar en la piel, hasta la fragancia natural de los jardines, rebosantes de flores y plantas. Y, como remate, el fuego vital de un sol perennemente cálido y cautivador se esparció fraccionándose en millones de pequeñas llamas, que se convirtieron en flores de retama; o, lo que es más, en frutas preciosas que salpican la tupida vegetación , en el follaje de los miles de cítricos que pintan de verde, amarillo y rojo las terrazas escalonadas, arrancadas a los montes para cultivar tales tesoros. «¿Conoces la tierra en la que florece el limón?», cantaba el poeta. Y esta fruta, emblema de la eterna juventud, de la vida que florece en perenne devenir, representa desde siempre el símbolo más eficaz de esta costa de las maravillas. Árbol de la vida, planta del amor («Limonar. Momento de mi sueño», canta el poeta. «Limonar. Nido de semillas amarillas. Pechos de los que se alimentan las brisas del mar...»
... y si la diosa del amor, Venus, nació como dicen, de una concha del mar, esta costa, contemplada desde lo alto, se parece precisamente a una concha, entre cuyas valvas de roca, hoscas montañas, aparecen aquí y allí pequeñas perlas preciosas de inaudita belleza: un sugestivo pueblecito escondido, una impávida escalinata que trepa uniendo el cielo y el mar, la cúpula azulejada de una iglesia, un palacio de la clase aristocrática, una cueva oculta de color esmeralda, una inolvidable galería florida…
Pero más allá del reconocimiento de poetas, artistas y viajeros de todo el mundo, su singularidad, la manifestación evidente de la supremacía de la naturaleza sobre el hombre, le ha valido reconocimientos a nivel mundial. Son poco más de 800 en todo el mundo los lugares definidos por la UNESCO “patrimonio mundial”. Y, desde 1997, la Costa Amalfitana (que representa la vertiente meridional de la península que separa el golfo de Nápoles del de Salerno) es uno de ellos, considerada ejemplo excepcional de paisaje mediterráneo, con un escenario de enorme valor natural, cultural e histórico.
<font size="3">AMALFI</font id="size3">
Catedral: la suntuosa Catedral de Amalfi tiene un revestimiento barroco de principios del siglo XVIII, compuesto por mármoles polícromos y por una elegante mampostería engalanada con lienzos que embelesa la mirada, pero oculta la primitiva iglesia románica. En el interior, todo celebra la figura del apóstol Andrés, que está aquí enterrado, el pescador del lago de Tiberíades que, junto con Santiago, son los primeros en conocer a Jesús. Hay lienzos del s. XVIII que ilustran momentos de su vida, desde los de Andrea D’Asta sobre la flagelación y crucifixión, sobre el “milagro del maná” y sobre la deposición del sepulcro, hasta las dos imágenes laterales del transepto, pintadas por Castellano sobre la vocación del Santo y sobre la pesca milagrosa, pasando por el Sant’Andrea in Croce (San Andrés en la Cruz) del altar, también de D’Asta; y un espléndido busto relicario, conservado en una hornacina lateral, cincelado en plata en el s. XVI.
Entre las demás obras de arte se encuentran las siguientes: al fondo de la nave izquierda una cruz de nácar procedente de Jerusalén; la pila bautismal (una pila antigua de pórfido, probablemente procedente de una antigua villa romana); dos columnas antiguas de granito provenientes de las excavaciones de Paestum y, justo en el altar, una estatua milagrosa de la Virgen. Ante ella entró en éxtasis San Alfonso Maria de' Liguori, que, como se lee en su biografía, fue alcanzado por un rayo de luz que salió del rostro de la Virgen durante un sermón. En la cripta están los huesos del Apóstol, de los que, desde 1340, rezuma una especie de rocío, el “maná”, recogido en un frasquito de cristal, al que fieles y devotos atribuyen cualidades portentosas.
Basílica del Crucifijo (s. IX): es la catedral más antigua, dedicada a la Asunción y a los Santos Cosme y Damián, erigida alrededor de una construcción paleocristiana anterior, de la que quedan algunas columnas y algún capitel. En la actualidad acoge el Museo Diocesano de Arte Sacro (ver en la columna siguiente Museos) que recoge el Tesoro del Duomo (objetos de plata, paramentos sacerdotales, esculturas de madera y mosaicos) y que expone objetos y obras de arte procedentes del Claustro del Paraíso.
Claustro del Paraíso (siglo XIII): elegante claustro de estilo típicamente árabe, con sus columnas finas y blancas. Se accede al mismo desde el atrio de la Catedral y fue realizado como necrópolis de los notables de Amalfi, ya que en la Edad Media el término “paraíso” identificaba un terreno dedicado a cementerio, conectado con una iglesia y rodeado por un pórtico. Aquí, la vegetación, por la que se asoman numerosos restos escultóricos de diferentes épocas, ofrece sugestiones de rara belleza; en las galerías, en cambio, se admiran importantes testimonios romanos y medievales: dos columnas antiguas que sostienen unas águilas, el sarcófago del decurión P. Ottavio Rufo, dos sarcófagos romanos (uno con las bodas de Peleo y Tetis, el otro con el rapto de Proserpina), un sarcófago del s. XIV y fragmentos de la antigua fachada de la Catedral.
Arsenales de la República
Iglesia y Campanario de Santa María la Mayor
Claustro de San Pedro a Tuczolo (en el Hotel dei Cappuccini)
Claustro de los Padres Menores Conventuales (actual Hotel Luna)
Castillo, Restos de la Torre (loc. Pogerola)
Torre del Tumolo o Capo d’Atrani
Torre Capo di Vettica o Capo della Vite
Palacio aristocrático del Barrio Valleluna
Iglesia y Campanario de San Miguel (loc. Pogerola)
Iglesia y Campanario de San Pedro (loc. Tovere)
Iglesia de Santa María de Gracia (loc. Pogerola)
Fontana del Popolo, "fuente del pueblo".
Iglesia de Santa María Addolorata
Barrio Medieval, centro histórico
Museo del Papel, vía delle Cartiere, 24 - tfno. 089 830 45 61;
www.museodellacarta.it
Abierto: de marzo a octubre, todos los días (domingo incluido) de 10 a 18:30 horas; de noviembre a febrero, todos los días (menos el lunes) de 10 a 15:30 horas.
Entrada: 3,50 €, estudiantes 2,50 €. En el precio está incluido el guía y una demostración práctica. Los guías también hablan inglés y francés. Reservando con anterioridad, se pueden solicitar visitas para grupos en alemán y en holandés.
En la antigua papelera medieval del s. XIII, se revive la fascinante historia del papel en un viaje que se remonta varios siglos atrás. En este fascinante lugar se puede asistir a la realización de folios de papel a mano y ver los antiguos molinos de agua que utilizaban la fuerza del torrente Canneto.
Museo Cívico (en el Ayuntamiento), p.za Municipio - tfno. 089 873 62 11
Abierto: de lunes a viernes, de 8 - 13:30 horas; los martes y los jueves también por la tarde, de 16:30 - 19 horas. Entrada gratuita.
Aquí se conserva la famosa "Tabula Civitatis Malphae", es decir, el texto del primer reglamento marítimo. En el interior de la sala se conservan los trajes tradicionales utilizados con ocasión de la regata histórica anual entre las Antiguas Repúblicas Marineras
Museo Diocesano (en la Catedral), salita Episcopio, 1 - tfno. 089 871 324;
www.diocesiamalficava.it
Abierto: todos los días, de 10 - 17 horas (en verano, de 9 - 21 horas).
Entrada: adultos 2,50 €; niños 1 €.
Está situado en la antigua Basílica del Crucifijo (s. VI), junto a la actual Catedral, con acceso desde el Claustro del Paraíso. En él se conservan valiosos restos de la historia religiosa de la antigua diócesis de Amalfi, como una Madonna col Bambino (Virgen con el Niño) (fresco del s. XV), un palio de plata (s. XVIII) y una mitra angevina realizada en oro y plata, con gemas, pinturas vítreas, perlas y esmaltes (las superficies de los cuadriláteros están cubiertas tupidamente con aljófares de perlas; un auténtico empedrado con un total de 19.330 perlas): la más preciosa de la Edad Media en Europa, realizada en la corte de Nápoles antes de 1297 para Ludovico, hijo de Carlos II, nombrado obispo de Tolosa.
Museo de Arte Campesino, vía delle Cartiere, 55/57 - tfno. 089 873 211
Abierto: de lunes a viernes, de 9 - 13 horas y de 15 - 18:30 horas; los sábados, de 9 - 13 horas. Si se solicita y se reserva previamente, también el sábado por la tarde y el domingo por la mañana. Entrada gratuita.
En este pequeño y delicioso museo, además del funcionamiento de antiguas maquinarias, impulsadas por las aguas del torrente Canneto, se pueden admirar testimonios, restos y herramientas del viejo mundo campesino de la Costa.
Museo del Mar, piazzale dei Protontini - tfno. 089 871 524, 339 289 76 50 (encargado: Giuseppe Camera, maestro de hacha)
Abierto: todas las mañanas. Entrada gratuita. Colección de modelos de embarcaciones amalfitanas de pesca y de recreo desde 1850 hasta nuestros días.
<font size="5">SORRENTO</font id="size5">
Sedil Dominova (vía San Cesareo), las fachadas caracterizadas por dos elegantes arcadas están realizadas en traquita, que protege las pinturas murales del interior y sobre la que se asienta la original cúpula de esta construcción renacentista, realizada con elegantes riggiole (azulejos) de mayólica amarillas y verdes. El edificio representaba el centro de la vida aristócrata y administrativa del barrio.
Casa Correale (siglo XIV, via Pietà), uno de los palacios sorrentinos más majestuosos, con un espléndido portón de arco rebajado y relieves que destacan en la elegante fachada. Esbeltas ventanas de arco apuntado de toba oscura y magnífico ventanal ojival.
Palacio Veniero (siglo XIII, plaza Tasso - vía Pietà). Singular ejemplar del gusto bizantino y árabe tardío que en aquellos tiempos causaba furor en el sur de Italia, con sus grandes ventanas de arco decoradas con franjas de toba amarilla y gris alternadas, y con motivos geométricos de inusitada belleza.
Porta di Parsano, puerta abierta en 1745 en las antiguas murallas de la ciudad, que la defendían de ataques exteriores desde la época griega.
Porta della Marina Grande (vía Marina Grande), la más antigua de las puertas de Sorrento. Hasta principios del s. XV probablemente era el único acceso a la ciudad desde el mar.
Casa de Cornelia Tasso (via San Nicola). Pórtico señorial en cantería plana que luce sobre él un emblema heráldico dando paso a la vivienda de la hermana del gran poeta sorrentino, que también vivió en la casa durante una temperada. La casa donde nació, en vía Vittorio Veneto actualmente ha sido englobada en el Imperial Tramontano.
Iglesia de los Siervos de María (completada en el siglo XVIII, via Sersale). Espléndido templo barroco en cuyo interno se veneran tres esculturas de madera: un Cristo Morto (Cristo Muerto), que se saca en procesión por la ciudad durante los ritos del Viernes Santo, y dos ejemplares del s. XV (una Virgen y un San José).
Catedral de los Santos Felipe y Santiago (mediados s. XVI). En el interior techo del s. XVIII pintado con motivos florales, y órgano del mismo período con taraceas doradas. En el ábside coro del s. XIX, obra maestra del arte local de la marquetería. Debajo del púlpito, un pequeño pero significativo retablo de Silvestro Buono (1573), conocido como La Vergine tra San Giovanni Battista e san Giovanni Evangelista (La Virgen entre S. Juan Bautista y S. Juan Evangelista). Junto a la pila bautismal, Sacrificio del Sangue di Cristo (Sacrificio de la sangre de Cristo) (1522) y 12 espléndidas imágenes del s. XIV. En la capilla del Sacramento, en el altar del s. XVII, un Crucifijo de madera del s. XV.
Iglesia de l'Addolorata (s. XVIII). La fachada barroca realizada en espléndida toba, así como el interior, que "celebra" esta cálida piedra local con dos originales altares. En el altar, escultura de madera de la Virgen Dolorosa, a la que está dedicado el templo.
Iglesia de la Santísima Annunziata (s. XVIII). Tras la elegante fachada de toba en la antigüedad surgía un templo pagano dedicado a la diosa Cibeles. Con la llegada del cristianismo se sustituyó la veneración oriental pagana de “madre de todos los dioses” por el culto a la Virgen y Madre católica. En el interior en la bóveda Madonna col Bambino (Virgen con el niño) que entrega su cinturón sagrado a San Agustín y Santa Mónica (s. XVIII). Hermoso crucifijo de madera (s. XVII). Altar de mármoles policromados y una estatua de la Madonna della Consolazione (Virgen del Consuelo) (s. XVIII). También del s. XVIII hay numerosos lienzos, y en la sacristía una interesante Annunciazione (Anunciación) de finales del s. XVI.
Iglesia del Carmen (s. XVI plaza Tasso). Templo barroco de única nave dedicado a la Virgen negra de la iglesia napolitana del mismo nombre. En el interior, lienzos del s. XVII y del s. XVIII y algunos artísticos relicarios de madera taraceada del 1600.
Iglesia y Monasterio de la Virgen de Gracia (s. XVI, vía Santa Maria delle Grazie), al cuidado de las monjas dominicas. En el interior, además de algunos hermosos lienzos de los pintores destacados en la zona, como Buono, Malinconico, Caracciolo o Corenzio, destacan las típicas características de la clausura: el coro, las galerías y las celosías de madera que protegen la intimidad de las religiosas. Digno de mención el pavimento floral en mayólica sobre esmalte blanco, con un original efecto de cristal.
Basílica de Sant'Antonino (plaza Sant'Antonino). Su origen se remonta a la alta Edad Media, hacia el año mil. Son evidentes y de gran significado los elementos recuperados de otros templos o construcciones antiguas, como por ejemplo los fustes de las columnas de tipo romano. En el interior, un hermoso belén del s. XVIII. En la cripta los exvotos denotan la profunda religiosidad popular y la fe en el Santo protector.
Iglesia y Claustro de San Francisco (vía San Francesco). El origen del monasterio se remonta a la primera mitad del s. VIII. La arquitectura del místico y sugerente claustro (s. XIV) incluye arcos ojivales cruzados de toba en dos lados de la galería, mientras en los otros dos laterales son arcos de medio punto sobre pilares octogonales. Gran armonía en el conjunto compuesto también por elementos provenientes de templos paganos, como las tres columnas de esquina. Adyacente al convento la Iglesia del s. XVI, en cuyo interior hay una estatua de madera del s. XVII que representa al santo de Asís junto a Cristo crucificado.
Iglesia y Convento de San Pablo, complejo benedictino del s. IX que se caracteriza en el exterior por un campanario de cúpula de mayólica que sirve también de mirador. En el interior de la iglesia relieves de estuco, suelos de mayólica y cuadros del s. XVIII.
"Excelsior Vittoria" (plaza Tasso). Erigido sobre una antigua villa imperial romana, el hotel es universalmente famoso entre los melómanos y la gente común porque aquí en 1921 el tenor Caruso vivió los últimos y atormentados meses de su existencia. Su habitación, sancta sanctorum para los melómanos y aficionados (fuente de inspiración para la canción del mismo nombre de Lucio Dalla), se conserva como la dejó el cantante durante su última estancia.
Ruinas de Villa Pollio Felice y Baños de la Reina Giovanna (vía Capo di Sorrento). Son las sugerentes ruinas de una majestuosa villa romana, con sus atracaderos, terrazas y cisternas que el poeta Stazio atribuyó a Pollio Felice, historiador y mecenas, protector de Virgilio y Horacio. Junto a las ruinas se encuentra un espejo de agua, una piscina natural protegida a la que el mar accede por un arco erosionado en la roca. Es un antiguo templete romano (Baños de Diana), al que las leyendas locales le dieron el nombre de la exuberante y temperamental aristocrática Giovanna Durazzo de Anjou.
Museo Correale de Terranova (vía Correale, 48 - tfno. 081/878 18 46)
Abierto de miércoles a lunes, de 9:30 a 13:30. Cerrado los martes y las fiestas nacionales.
Entrada: normal: 6 € - reducida: 4 €.
Una antigua villa aristocrática rodeada de un huerto de cítricos, con tres plantas y 24 salas que conservan obras de arte y restos únicos, con un panorama espectacular del golfo de Nápoles. Éste es el museo de provincia más hermoso de Italia, que acoge y expone pinturas napolitanas de los siglos XVII - XVIII, lienzos de la escuela "de Posillipo" y de algunos maestros de escuela flamenca y francesa; porcelanas de Capodimonte y Sévres; encajes y miniaturas; cristales de Murano y de Boemia; una colección de relojes; una reducida pero significativa colección arqueológica (con Artemisa con la cierva, un original griego del siglo IV a.C.); una considerable colección de taraceas sorrentinas (s. XIX); una biblioteca con preciosos manuscritos y diferentes ediciones de las obras del genio local, Torcuato Tasso, del que aquí se conserva la máscara mortuoria.
Museo y tienda de la marquetería en el Palacio Pomarici Santomasi (vía San Nicola, 28 - tfno. 081/877 19 42)
www.antonellofiorentinocollection.com
Abierto de lunes a sábado, de 10:00 a 13:30 y de 15:00 a 18:00. Visitas los domingos reservando con antelación.
Entrada: normal 8 €, reducida para grupos (mínimo 25 personas) 5 €. Gratuito hasta los 11 años.
En un espléndido palacio del s. XVIII se guarda una colección histórica de mobiliario y objetos variados del s. XIX que ilustran la técnica de la marquetería sorrentina con un recorrido expositivo original e instructivo. La finalidad de este museo-tienda es la de dar continuidad a esta preciosa artesanía, diseñando y comercializando una producción renovada.