8 DE ABRIL, CHICHEN ITZA
A las 8:30, de forma puntual, nos recogen para iniciar el trayecto. Seguimos la autovía en dirección Tulum. Un apunte sobre la conducción: la autovía tiene dos carriles y dos amplios arcenes. Cuando un vehículo pretende adelantar a otro se coloca detrás y espera a que el que va a ser adelantado se desplace hasta el arcén y discurra por él hasta que es adelantado, momento en que vuelve al carril que ocupaba con anterioridad. Cuando un vehículo quiere adelantar a otro que a su vez está adelantando, simplemente ocupa el carril de los que vienen en dirección contraria y estos se desplazan hacía su cuneta para que puedan pasar los cuatro sin riesgo para la integridad física de nadie. Parece complicado y peligroso pero no vimos ningún accidente.
Antes de llegar a Tulum nos desviamos por la carretera, mucho más estrecha pero, prácticamente, sin curvas, que lleva a Cobá, otro sitio arqueológico que merece la pena visitar. Paramos en un poblado Maya para las consabidas compras. Allí encontramos plata por 1.25 $ el gramo. Martom, nuestra forera mexicana de la Isla de las Golondrinas me había aconsejado que un precio justo por la plata de 925 mm era de 1 $. A ese precio no la encontré pero se acercaba más que los 3 $ que me pedían en el hotel y los 2 $ que me pedían en Playa. Compramos pulseras, anillos y gargantillas.
A las 11:45 llegábamos a Chichen Itza. Tras el pago de los 30 pesos por cámara iniciamos la visita guiada. Las explicaciones al principio resultaron amenas, pero distraídos por los mayas que se acercaban ofreciéndonos todo tipo de artesanía y un poco aburridos decidimos pasar de ellas. Supongo que el guía se dio cuenta porque no tardo en finalizar su exposición, indicándonos los sitios a los que podíamos acudir para visitar de forma completa el recinto y citándonos a una hora determinada en el aparcamiento del exterior.
Ya libres y esquivando a los vendedores iniciamos el ascenso a la pirámide de Ku-kul-kan (corren rumores de que van a prohibir, para preservar su integridad, la subida a la pirámide). Todos no subimos, Marga se quedó, solicita ella, guardando las bolsas. Me recordó que no se me había perdido nada en lo alto de la pirámide, me advirtió de que no me rompiera de nuevo la cabeza y aguardó nuestro regreso ricamente a la sombra, entablando amistad con los vendedores que incluso le ofrecieron fruta y pepinos para mitigar el calor.
La subida de los 96 escalones no es problemática. No lo es si uno se limita a ir subiendo, el problema empieza cuando te paras y vuelves la cabeza hacía abajo, en ese momento las piernas empiezan a temblar y en el estomago notas un cosquilleo. Pero hay que sobreponerse y, si los demás suben, tú no vas a ser menos. Cuando llegas a la cúspide descubres que ha merecido la pena, te paseas por la estructura sin barandillas, admirando el paisaje que se despliega a tus pies, ves el resto de las edificaciones del recinto, ves la inmensidad de la selva hasta el horizonte, sin montaña alguna, ves lo que debieron ver los sacerdotes mayas mientras arrancaban los corazones de las victimas que iban a sacrificar.
Pero todo lo que sube ... correcto, todo lo que sube tiene que bajar. Y después de dar vueltas, de mirar el paisaje, de fotografiar y filmar, no hay lugar para más excusas: hay que bajar. De las cuatro escaleras, una en cada cara, dos son accesibles y las otras dos, muy deterioradas, no. Una de las accesibles dispone de una cuerda en toda su longitud para que la gente pueda bajar agarrado a algo. Con ese sistema, sentado de escalón en escalón o bajando de espaldas era como la gente iba descendiendo intentando superar el vértigo que la pendiente de 45º provocaba. Judit y Carol empezaron a bajar cuidadosamente, seguidos por Victor, el otro Victor estaba filmando la escena, yo contemplaba a la gente en su descenso. Y entonces sucedió: una chica joven inició el descenso, de cara y con pasos rápidos. Eso hirió mi amor propio, si la chica lo hace yo también. Y sobreponiéndome a ese temblor que se empezaba a manifestar de nuevo en mis piernas la imité. Al tercer paso descubrí que las piernas dejaban de temblar, que no era tan difícil bajar y que lo único que había que cuidar era el desigual desgaste de las piedras que formaban los escalones para no sufrir ningún percance. Bajé, paré, filmé las evoluciones de mis compañeros, seguí bajando hasta el final. Entonces, ¡chulo yo! volví a subir hasta la mitad y bajé de nuevo: ¡prueba superada!.
El guía, antes de que dejáramos de escucharle, nos había hablado de la pirámide que se había descubierto en el interior de la pirámide que acabábamos de coronar y a la que se accedía por un túnel excavado en uno de los laterales. Así que hacía la entrada nos dirigimos, esta vez todos juntos. Pero Marga se volvió a retirar cuando le contaron, los que salían, que se trataba de un angosto y oscuro túnel. De nuevo sin ella subimos por una escalera con la misma pendiente pero que al estar rodeada de piedra no provocaba el menor atisbo de vértigo. Una vez arriba pudimos admirar, en penumbra y tras una reja, las dos esculturas que allí se descubrieron.
Luego estuvimos paseando por el recinto, hasta la hora de la salida, aprovechando para comprar algo de lo que nos vendían a unos precios inferiores que los que pedían a nuestra llegada. A esa hora lo que pedían por las estatuillas y mascaras de piedra y de madera era verdaderamente barato, pero me quedó una duda: ¿estábamos comprando artesanía trabajosamente realizada por esas gentes o el resultado de una fabricación en serie, made in China? Una de las pequeñas piezas que compré, ofrecida como piedra labrada, resulto sufrir un sospechoso desconchón en el trayecto de regreso, de todas formas pagué un dólar por ella y por ese precio, si resulta aparente ya tengo bastante.
Tras un corto trayecto nos llevaron a comer, buffet libre y bebidas de pago. El buffet no se podía comparar a ninguno de los vistos anteriormente, pero el pollo estaba muy bueno. Una cerveza costaba 25 pesos.
Sin tiempo de hacer la digestión nos llevaron a un cenote (no recuerdo su nombre) con la posibilidad de que nos bañáramos en él. Toda la península de Yucatán está formada por rocas calcáreas que son fácilmente erosionadas por el agua, creando innumerables cavidades, interconectadas entre sí. De tanto en tanto el techo se desploma sobre una de esas cavidades y se forma un cenote, una cavidad con una abertura hacía el exterior. La Riviera Maya está plagada de grutas y cenotes que se pueden visitar, me quedé con las ganas de ir a Aktun Chen o Dos Ojos, que están cerca del hotel Kantenah, tendré que volver un día de estos.
Judit, el Victor de Carol y yo nos bañamos ante la mirada del resto del grupo que nos fotografiaba y filmaba. Fue una experiencia muy agradable, el agua simplemente estaba fresca y bañarte en la semipenumbra, sin ver el fondo, que se encontraba a 45 metros es algo aconsejable (ese dato lo obtuve porque antes de tirarme de cabeza y recordando la oscarizada película "Mar adentro" le pregunté al vigilante por su profundidad).
Otro corto trayecto hasta Valladolid. Casi hubiera sido mejor saltarse la parada ya que solo nos dieron 30 minutos para que compráramos recuerdos, sin ninguna posibilidad de recorrer la ciudad. En una tienda pregunté el porque de la diferencia de precios con lo que vendían los Mayas en Chichen Itza y me contestaron que era porque el gobierno les subvenciona para que tengan un modo de vida, con lo que tuve la impresión de que no todo lo que venden es fraudulento. Nos demoramos casi una hora y regresamos al autocar entre los reprochadores aplausos de los que tenían ganas de volver a su hotel. Sin ganas de plantear conflictos hicimos oídos sordos a esos aplausos y nos acomodamos para dormir un poco en el trayecto de vuelta.
De tanto en tanto un traqueteo nos despertaba, se trataba de los badenes que obligaban a los vehículos a reducir la velocidad al paso por las zonas habitadas. Así con el paso lento del autocar podíamos contemplar los poblados mayas que encontramos en el camino, casas sencillas, muy humildes, pero no míseras como las habíamos visto en Jamaica. Todas tenían puertas y ventanas abiertas y a través de ellas se vislumbraban unos austeros interiores. Sus habitantes, en esa hora que precede a la noche, charlaban en patios y porches.
A las 20:15 llegamos al hotel, nos despedimos de nuestros amigos, ya no nos íbamos a ver hasta el regreso a España, habían contratado una excursión a la Reserva de la Biosfera de Sian Ka'an para el día siguiente, nosotros estuvimos dudando pero al final no les acompañamos (otra de las cosas de las que me arrepiento, pues luego contaron que a pesar de que el trayecto se les hizo un poco pesado, lo pasaron en grande todo el día)
A las 22:00, un poco recelosos, nos presentamos en el restaurante japonés para nuestra segunda cena temática. El Sumptuori resultó extraordinario, de entrada una degustación de canapés, luego un entrante que nos hizo pensar que pasaríamos hambre, el plato principal hizo que desecháramos esa idea, se trataba de un plato sabroso y abundante por último un buen postre y café. Un 10 para el restaurante japonés, que reflejamos en la encuesta.
En Chichen Itza durante los equinoccios de primavera y otoño se produce un efecto sorprendente: el sol en su declive provoca una sombra en una de las escalinatas que suben a la pirámide de Ku-Kul-Kan que semeja una serpiente descendiendo por la pirámide. El de primavera había tenido lugar el 21 de Marzo, nos lo habíamos perdido por solo dos semanas, estando en España me dio envidia saber que no iba a asistir a tal acontecimiento, luego sobre el terreno y al enterarme de que allí se habían juntado entre 30.000 y 50.000 personas pensé que probablemente no todos habían podido ser testigos de la bajada de la serpiente y ya no me supo tan mal. Me contenté con ver el efecto en una postal (tengo que buscar un documental que trate el asunto para verlo completo).