Buenos días compañeros! Suscribo todo lo anteriormente comentado, me he sentido muy identificada con el comentario del hijo de Pía, pues en todo el trayecto sólo dos personas nos dedicaron una sonrisa. Una camarera del buffet que se acercó a hacerle gracias a mi hijo y un maître llamado Darwin del restaurante Villa Verde, que nos atendió las dos noches muy correctamente y con muy buen humor. También he de señalar que hubo un señor de mantenimiento que vino a ayudarnos con la ducha cuando no salía agua (tela eh?) y nos atendió con mucha amabilidad. A este respecto no tengo nada más positivo que añadir.
He de decir que estoy muy contenta con la limpieza del camarote y... poco más. Las escaleras y el piano de Swarovski daban un aspecto de pomposidad y lujo a un barco precioso que nos deslumbró desde el principio. Lástima que, justo debajo de esas escaleras de ensueño, hubiera una recepción en la que, si no hablabas italiano, no te enterabas de nada, y ellos apenas tampoco. Sospechamos, además, que unos de los principales motivos de la falta de atención era básicamente que la tripulación, en su mayoría, sólo manejaba el italiano y algunos chapurreaban inglés. Sólo los trabajadores con lengua nativa castellana, como el anteriormente citado Darwin, nos entendían. Advertimos una cierta "discriminación" hacia los no italianos, ya que vimos un grupo de alemanes que tampoco estaban muy contentos. Todas las cartas de helados, bebidas, etc… estaban en italiano e inglés (y menos mal que una se sabe los ingredientes en inglés jejeje).
Un tema que nos tocaba muy de cerca y muy importante para nosotros era que nos trajeran una cuna para poder acostar al niño. Después de pedirla dos veces en recepción (se ve que con la indicación que les dio El Corte Inglés no fue suficiente) por fin en uno de nuestros pasos por el camarote encontramos que ya la habían traído. Lástima de crisis financiera, que no da para que una naviera se gaste 20 euros en un colchón de cuna de viaje. Nos pusieron una manta doblada a modo de colchón, cubierta por un montón de sábanas. Para muestra, tres botones.
En fin, que el niño durmió las dos noches en la cama con nosotros, porque no estábamos dispuestos a dejar dormir a nuestro hijo (y a su espalda en crecimiento) en una cuna sin colchón. Qué por qué no fuimos a reclamar el tema del colchón? Para el momento en el que se nos planteó este problema ya empezábamos a estar hartos de que no nos hicieran caso, sólo dos horas después de haber entrado en el barco. No hay derecho.
Tema desembarco. Aquello fue poco menos que los pasillos del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau (aunque allí todos hablaban el mismo idioma). Mi marido opina que si en ese momento hubiera surgido una urgencia, qué hubiera pasado? Y una vez en la terminal del puerto de Génova, nosotros subimos en un ascensor porque íbamos con mi hijo en su carrito, pero si eso no llega a ser así, me hubiera entrado complejo de hámster de laboratorio, todos agolpados en la escalera que luego empezó a oler a cuerno quemado. Recuerdo a cierto miembro de este nuestro foro diciendo que “no iban a volver a verle el pelo en MSC”. Por fin, los ansiados autobuses, todos tan contentos de alcanzar a subirse en ellos y a la vez tan enfadados por tener que marcharse con tan mal sabor de boca. Menos mal que Pía nos invitó a un chicle de menta que apaciguó el amargor que recorría nuestro corazón crucerista. Recuerdos a ella y a toda la amable compañía de los foreros con los que compartimos la estancia en el barco, especialmente a Jean Pierre y Patrick, con los que nos encontramos… cuantas veces?

, y a Fermín y su familia con los que compartimos andanzas y desventuras.
Y ya como experiencia personal, cogimos una noche de hotel en el centro de Milán, en el que el personal, todos nativos italianos, nos trataron muy correctamente, así como en el café en el que paramos a comer ayer a mediodía, en el que nos pusieron GRATIS tres cachitos de pan que echar a los descarados gorriones que se acercaban a nuestra mesa para que les echáramos algo de comer.
MORALEJA: la educación no está en el idioma ni en la nacionalidad, sino en la persona con la que se da.