2 DE ABRIL, LA HABANA
Excursiones:
HABANA VIEJA, TABACO Y RON: paseo a pie por La Habana Vieja con visita a una fabrica de tabacos para ver como se elaboran los famosos habanos y a la Fundación Habana Club, museo del Ron. Duración: 5 h. Precio: Adultos 27 € / Niños 17 €.
HABANA DE HEMINGWAY: recorrido por los lugares más frecuentados por Ernest Hemingway. Duración: 4 h. Precio: 19 € / 11 €.
CABARET TROPICANA: asistencia al espectáculo, sin cena pero con un cocktail de bienvenida, un cuarto de ron Habana Club y un refresco para combinar. Duración: 4:30 horas. Precio: 89 € (niños no)
CAFÉ PARISIEN: asistencia a espectáculo con un cocktail de bienvenida. Duración: 4:15 h. Precio: 59 € (niños no)
SALÓN ROJO: asistencia al espectáculo ¼ de botella de ron y refresco para mezclar. Duración: 3:30 h. Precio: 38 € (niños no)
A las 7:30 nos despertamos y a las 8:00 estábamos desayunando. A las 9:30 se empieza a divisar La Habana a lo lejos. Rápido desplazamiento para coger sitio en el puente de la cubierta 10, a proa, para disfrutar en primera fila, cámaras en ristre, de la espectacular entrada a la bahía, contemplando a ¿babor? ¿estribor? ... a la derecha el Malecón y a la izquierda El Castillo del Morro. No hay que perderse ese momento, mientras el barco se va acercando y al principio se distinguen lejanos edificios que poco a poco se van agrandando hasta llegar a divisar a las personas, primero como puntitos y al final como rostros que nos miran expectantes y nos saludan como si fuéramos escolares regresando de la excursión de fin de curso. La Habana es bonita, pero desde lejos es fantástica.
A las 11:00 el barco atracaba en el muelle y a las 12:00 empezaban los tramites de aduana. Una rápida cola para cambiar el visado por una tarjeta de entrada y tras el paso a través del arco detector de metales (que pita por llevar simplemente 3 ó 4 monedas en el bolsillo), el escáner de equipajes de mano y el cambio de euros por pesos convertibles (1 € por 1,23 pesos convertibles, la recompra a razón de 1,34 pesos por 1 €) a disfrutar de La Habana. Justo después de pasar el arco Judit nos hizo una fotografía, al instante un agente le indicó que estaba prohibido y gracias a que la cámara era digital, la cosa se saldo con el borrado de esa foto, si no supongo que hubieran velado el rollo entero. No hay que olvidar, para evitar contratiempos, leerse detenidamente la hoja informativa que hemos encontrado en el camarote, sobre lo que se puede entrar y sacar de Cuba. Una caja repleta de frutas daba fe de que no todo el mundo se la había leído.
Al salir tuvimos que sortear a multitud de personas que nos ofrecían sus servicios para guiarnos a través de La Habana, a pie o en confortables calesas tiradas por caballos. Tal como habíamos quedado, sentado en la Plaza de San Francisco de Asís encontramos a Bernard acompañado de su adorable Veronica. (para los que no sepáis de que va la cosa, a poco que os guste la poesía y seáis, aunque solo sea algo, románticos os remito al post que en Offtopics aparece con el titulo "Feliz Día del Amor y de la Amistad", creo que su lectura os complacerá y entenderéis por completo este relato)
Bernard se sorprendió porque esperaba a una pareja y se encontró con cuatro. Tras las presentaciones se disculpó porque había traído un coche en el que evidentemente no cabiamos los 10 y se ofreció a guiarnos en un recorrido a pie por La Habana Vieja. Tras una breve vacilación y puesto que Carol y Victor tenían que hacer un encargo particular nos separamos y Marga, Vero, Bernard y yo nos dirigimos al coche que había estacionado a unos metros de allí. Le entregamos el beso de Beatriz (rosadeldesierto para los amigos) y recibimos el suyo que debíamos llevar de regreso a Barcelona.
Iniciamos un recorrido, amenamente comentado por nuestro guía y, desde ese momento, amigo. Vimos fortalezas y esculturas, edificios singulares y avenidas famosas, plazas y calles, gentes y sitios emblemáticos. Como le comenté a mi amigo, resultaba para mí imposible recordar los nombre de todos los lugares por los que nos estaba llevando. Pero nos empapó de La Habana y como muestra decir que pasamos por El Malecón, la avenida de las embajadas, los ministerios, la zona de Miramar, El Nuevo Vedado, la Plaza de la Revolución con el monumento a José Martí y la emblemática imagen del Che, el Capitolio, el Memorial Granma, El Floridita, ... Por último mencionar algo que para Bernard resulta entrañable: la escalinata de acceso al edificio principal de la Universidad donde estudió y que además, azares de la vida, está cerca del hotel en el que Beatriz pasó unos días cuando estuvo en Cuba.
Antes he dicho que La Habana es bonita, es cierto, pero hay que ir preparado para soportar el choque que provoca la coexistencia de unos edificios coloniales perfectamente restaurados, con otros que necesitan una buena capa de pintura y con otros, quizás los más que se están cayendo a pedazos. Hay zonas que parecen recién salidas de una guerra por la nula conservación que se ha hecho (no se trata de analizar el porque sino simplemente de describir el estado de las cosas), sin embargo, sí conseguimos abstraernos de esa realidad, descubriremos una ciudad bulliciosa (quizás por ser sábado), con una conducción algo caótica, con el claxón a flor de piel y con un estilo que nos lleva a las ciudades coloniales de hace 50 años. La Habana me magnetizó, a pesar de los pesares y como asignatura pendiente queda volver con tiempo para descubrirla de verdad.
Durante el recorrido en coche tuve tiempo de preguntarme por el combustible que usan los coches y motocicletas que circulan por las calles, porque además de la humareda que desprenden dejan un pestazo increíble.
Hicimos una parada en el Hotel Melia Cohiba para comprar tabacos garantizados (en la calle hay de todo y hasta que no se fume no se sabrá si lo que te venden es tabaco del bueno o no). Era la una de la tarde y de pronto la escalera mecánica dejó de funcionar y la mitad de las luces se apagaron. ¿Avería?, pensé; medidas de ahorro me aclaró Bernard. Por fin terminamos en el gran mercadillo que hay cerca de la Plaza de la Catedral.
Cuando subimos al coche, Bernard nos había advertido que un frente frío se estaba acercando y que no tardaría en llover para después bajar algo la temperatura, efectivamente aún no habíamos dado un paso por el mercadillo cuando empezó a llover de forma copiosa. Bernard fue a por el coche, nos llevó al puerto y nos despedimos. Bajo una lluvia torrencial accedimos a la zona de embarque y nos refugiamos en el barco, previo paso por la zona de control y después de mostrar el pasaporte y devolver la tarjeta de transito.
Comimos y viendo que a pesar que amainaba seguía lloviendo nos fuimos al camarote. De vez en cuando miraba por la ventana escrutando si el aguacero remitía, intentando decidir si nos animábamos a bajar de nuevo a las calles de la ciudad, cuando una tromba de agua arremetió contra el ventanal, era tal la intensidad de la lluvia y el viento que el agua se arremolinaba e incluso iba de abajo hacia arriba. Se lo comenté a mi mujer: menos mal que nos habíamos quedado en el barco, sino ahora estaríamos empapados. Me acerqué un poco más a la ventana ¡que manera de llover! De pronto solté una carcajada: el agua procedía de una manguera que un operario lanzaba hacía las ventanas en sus rutinarias labores de limpieza. En cinco minutos recorríamos las calles de La Habana nuevamente (eso lo decía Pablo Milanés de Santiago, pero aquí ha quedado bien).
Vuelta al mercadillo, con gran alegría nos encontramos con nuestras 3 parejas amigas. Se mojaron, hicieron su encargo, comieron mal y caro pero pasearon a gusto por toda La Habana Vieja. El mercadillo es una gozada, sobre todo en lo que concierne a la artesanía en madera, nácar, carey, conchas, huesos, incluso coral negro, no tan bien engarzado como en Grand Cayman ni con las mismas garantías de autenticidad, pero …. Por supuesto hay que regatear y se pueden negociar trueques con cosas traídas de España. Las vendedoras te piden regalos (jabones, perfumes, ropas, mochilas, gorras, nosotros no íbamos preparados para ello y nos limitamos con obsequiar a alguna vendedora que nos pareció que nos trataba bien con caramelos que traíamos para nuestro consumo particular, pero es fácil obtener algo de su artesanía a cambio de esas cosas)
No puedo resistirme a hacer un comentario sobre los regalos a los niños o no tan niños de Cuba y lo hago transmitiendo un poco el sentir de Bernard. A nadie le amarga un dulce y mucho menos un regalo, pero ¿a quien se lo damos? A la persona que lo necesita y verdaderamente lo aprecia o a la que merodea normalmente por la zona frecuentada por turistas y hace de esos regalos, no ya un deleite personal sino, un modo de vida. Que cada cual actué según su conciencia pero, por favor, que lo haga de forma discreta. Que no lancé un montón de caramelos, lápices o jabones sobre una multitud de niños enfervorecidos, eso es degradante tanto para el que da como para el que recibe.
Paseando entre las paradas, mujeres sobre todo, nos pedía cosas, pero ante una simple negativa te dejaban en paz. Luego estaban los que te ofrecían puros o cualquier otro articulo. Al decirles ¡No, gracias!, se olvidaban de ti, sin embargo si mostrabas aunque solo fuera un poco de interés por lo que te ofrecían ya no te los podías sacar de encima.
A las 21:00 de regreso al barco cenábamos en el Grand Restaurante, todos juntos: los días en los que hay embarque o desembarque de pasaje (sábado, domingo y lunes) la cena es en turno libre.
A las 23:00 estabamos, los ocho, de nuevo en la calle (los tramites de salida o retorno al barco, después de la primera salida, son rápidos: mostrar el pasaporte, recibir o devolver la tarjeta de transito y pasar por el arco de seguridad). Ibamos a disfrutar de todo el sabor de La Habana que normalmente, los sábados por la noche, bulle por la música que lo envuelve todo. Nos prometíamos tandas de mojitos o daiquiris, en cualquier terraza, bajo un son cubano. Pero,... otro pero a añadir a ese crucero: esa tarde había fallecido el Papa y Cuba entera estaba sumida en 3 días de luto oficial. Las calles estaban desiertas y silenciosas. Después de un corto paseo regresamos al barco, no sin antes sufrir dos incidentes.
Nos abordó una mujer de aspecto deteriorado, a la que no hicimos caso pensando que pedía dinero o regalos. La insistencia de la mujer fue tanta que le prestamos atención. No quería dinero, nos pedía que compráramos por ella unos botes de leche en polvo para sus niños que no le querían vender. El alma sensible de nuestras mujeres hizo que accediéramos a su petición y para sorpresa nuestra nos llevó a un sitio donde a las 12 de la noche nos vendieron la leche, con el dinero que nos facilitó la peticionaria. Hasta aquí todo bien, habíamos hecha una buena obra que no nos había costado nada, nuestras conciencias quedaban tranquilas, pero yo soy escéptico hasta la médula y la historia me sonaba a fraude, entre otras razones porque la historia vivida ya la había leído en este foro de unos cruceristas anteriores. Dando posibilidad a que la historia fuera cierta y se tratara de otra mujer o la misma a la que la leche, por supuesto, ya se le había acabado me quedaba la duda de si no se trataba de una adicta a las drogas (por su aspecto podía pasar perfectamente por una yonqui con sida) que iba a introducir esa leche en el mercado negro para obtener su dosis. De una u otra forma el favor se hizo y todos recibimos un extraordinariamente agradecido beso de la peticionaria.
El otro incidente es más patético: estaba esperando a que se realizara la compra de la leche cuando se me acercó un hombre ofreciéndome unas monedas con la efigie del Che por un peso (luego descubrí que esas monedas casi las regalan y que se pueden obtener en cualquier parte, pero en ese momento no lo sabía y quería hacerme con ellas, además no estaba Bernard para asesorarme) Me entregó las monedas y le tendí un billete de 3 pesos. El tipo dijo que iba a por el cambio ya que no lo llevaba encima. Mi mujer, por supuesto, se opuso, ¿cómo que se iba a ir con mi billete? Si se iba no volvía. El cubano indignado reclamo por su honestidad y yo, en contra de mi mujer, quise darle un voto de confianza. Por supuesto no volvió y los 3 pesos volaron con él. Bien, había comprado unas monedas que solo tenían un valor sentimental por 2 pesos más de los que había aceptado pagar. 2 pesos son algo más que un euro y medio, no había perdido mucho, en todo caso se había visto menoscabada mi autoestima. No obstante, si esos 2 pesos habían servido para que el tipo fuera un poco menos miserable, no estaban del todo mal empleados. Quizás yo mismo en su situación y ante un pardillo como el que tenía enfrente, hubiera hecho lo mismo. Además mi mujer no se estuvo riendo mucho rato de mí y eso ayudo a sobrellevar el asunto.
De regreso al barco y tras un rato en la discoteca, nos acostamos sobre las 2:00 de la madrugada. Ese día obviamos mirar, por supuesto, en el Diario de a Bordo la programación de espectáculos, aunque frustradas, había habido cosas mejores que hacer.