31 DE MARZO, GEORGE TOWN
Excursiones:
CIUDAD DE LAS RAYAS: desplazamiento en barco hacia la zona conocida como Ciudad de las Rayas, donde se puede nadar y hacer snorkel entre rayas amistosas. Duración: 2:30 h. Precio: 26 € / 17 €.
CATAMARAN Y CIUDAD DE LAS RAYAS: además de lo anterior paseo en catamarán. Dur.: 3:00 h. Precio: 47 € / 30 €.
PLAYA 7 MILLAS CON ALMUERZO: desplazamiento hasta un complejo hotelero en Seven Miles Beach para disfrutar de sol, playa y aguas cristalinas con té helado, bebida y almuerzo buffet a base de hamburguesas, perritos calientes y ensaladas. Duración: 6:00 h. Precio: 28 € / 19 €.
PLAYA 7 MILLAS SIN ALMUERZO: lo mismo sin el almuerzo. Precio: 19 € / 13 €.
A las 7:15 nos despertamos para observar la llegada a Grand Cayman. Parecía una carrera de cruceros acercándose a la isla desde varias direcciones. Mientras desayunábamos fondeamos a cierta distancia de la costa, ya que la isla no tiene puerto lo suficientemente grande para el calado de los cruceros.
La noche anterior Yobanis, el divertido y agradable director del crucero, nos había informado de que no nos aglomeráramos en la cubierta de salida antes de la hora prevista de desembarco, pero también nos dijo que a las 9:30, hora de inicio de la salida, normalmente había poca gente esperando. Cinco minutos antes de esa hora, pertrechados con el mismo equipo del día anterior, merodeábamos disimuladamente por el vestíbulo de la cubierta 5 y así embarcamos en el primer tender que partió del barco.
Un tender es una de las lanchas salvavidas, cubierta y con capacidad para 60 personas, creo que se utilizan 3 en las operaciones de desembarco. En unos 10 minutos llegamos al puerto y entre una multitud de turistas procedentes del Holiday Dream y del resto de cruceros fondeados nos lanzamos a la busca y captura de un medio de transporte.
A la salida del embarcadero esperaban los vehículos para las excursiones contratadas, unos metros más allá encontramos taxistas que ofrecían sus servicios. Abordamos a uno de ellos y Marivi, en un perfecto inglés, le preguntó a donde podía llevarnos y a que precio. El taxista en un no menos perfecto español (tal como nos informó luego, el español es el segundo idioma de la isla) nos dijo que por 20 $ por persona nos hacía un tour de unas 3 horas y nos dejaba en un punto de acceso gratuito de la Seven Miles Beach (el acceso a la playa en la mayoría de zonas hoteleras es previo pago de 3 ó 4 $). Al final acordamos que 12 $ por persona era un buen precio e iniciamos el trayecto.
Pudimos contemplar el bello paisaje de la isla y sus magnificas construcciones coloniales, también comprobamos el efecto que el huracán Ivan en setiembre del año pasado (el peor en 70 años, a pesar de que 16 años antes habían sufrido uno de bastante fuerte y que cada año pasaban por la zona varios de mucha menor intensidad) había provocado en vegetación y construcciones. Parecía una zona devastada por la guerra con palmeras tumbadas y tejados medio arrancados, que multitud de operarios se afanaban en reparar. Vimos la lujosa casa del Gobernador y el taxista nos comentó que en la isla se ganaba dinero pero el nivel de vida era alto, a modo de ejemplo nos dijo que una caja de 4 litros de leche costaba unos 5 $.
Por fin llegamos al Infierno, no es que hubiéramos pecado y sufriéramos nuestro castigo final (aunque igual sí que éramos unos pecadores), sino que se trataba de una atracción turística, perfectamente acotada, que ofrecía un paisaje de rocas erosionadas por agua y viento que le daba un aspecto fantasmal y demoniaco, por supuesto al lado había un edificio para poder comprar recuerdos y regalos. Entre las rocas pude distinguir unas planchas metálicas que el huracán había llevado hasta allí y que nadie se había molestado, aún, en retirar.
La siguiente parada fue en una granja de tortugas (le pregunté al taxista de donde venía el nombre de Grand Cayman, no me lo supo decir, pero me dijo que antes la isla se llamaba de las Tortugas) donde previo pago de una pequeña cantidad de $ (que ahora no recuerdo) pudimos pasear entre cisternas que contenían tortugas de todos los tamaños, con la atracción de que se podían coger los animalitos (algunos de proporciones considerables) para hacerse fotografías. Una jaula con iguanas y pájaros tropicales y la imprescindible tienda de recuerdos completaban las instalaciones del recinto.
Otro recorrido por la isla y nos dejó en un hotel a medio construir por donde podíamos acceder a la playa, no sin antes informarnos de que la playa disponía de duchas, en el hotel había bar y a la salida podíamos coger otro taxi que por 3 $ por persona nos llevaría de regreso al embarcadero.
Por fin disfrutamos de la blanca arena y de la cálida temperatura del mar caribeño. El sol aparecía y desaparecía entre nubes, situación que agradecimos ya que en el Caribe cuando pica el sol pica de verdad. Nos bañamos y nos deleitamos con los pececitos de colores que nadaban entre nosotros. Cuando consideramos que ya llevábamos tiempo suficiente salimos del hotel para encontrarnos con una cola de taxistas que esperaban para llevar a los turistas de regreso.
Ya en George Town, curioseamos por las tiendas y tuvimos la oportunidad de adquirir pulseras, collares y pendientes de coral negro. Había leído en algún sitio que era el único lugar del mundo donde se vendía de forma legal el coral negro, luego lo encontramos también en La Habana, con la única diferencia de que aquí estaba montado en oro y en Cuba con el simple soporte de hilo.
Habíamos desayunado de forma copiosa así que no teníamos hambre y decidimos que ya comeríamos algo al volver al barco. Judit y Victor, con ganas de nadar entre rayas se apuntaron sobre la marcha a la última excursión que se hacia a la Ciudad de las Rayas y nos separamos, luego contaron que lo habían pasado muy bien tras un trayecto de unos 45 minutos en barca y haciendo snorquel mezclados y tocando las mencionadas rayas. Nos separamos y estuvimos paseando hasta que decidimos regresar.
AVISO A NAVEGANTES: los tenders, esos bonitos barquitos, tienen a proa y a popa un par de ventiladores que ponen en marcha, cuando el calor es agobiante, para aliviar el trayecto a los pasajeros. Esos ventiladores van convenientemente protegidos con unas estructuras de hierro para que ningún pasajero pueda meter las manos entre sus aspas. Pero ¿qué pasa con esa protección? La de uno de los dos tiene las aristas redondeadas pero la otra termina en un canto vivo. La gente que se desplaza por el pasillo para llegar a la plaza que debe ocupar, pasa justo al lado de los ventiladores y no es improbable que se golpee en la cabeza con ellos. Varios pasajeros se golpearon ya que no hay indicación alguna de su peligrosidad, ni la tripulación avisa de nada, ni hay protección de goma para que el impacto sea suave. Uno de los pasajeros se golpeó de forma más violenta que los demás, se sentó simulando que no había pasado nada, pero empezó a ponerse blanco y se desmayó, ante la alarma del resto de pasajeros, empezó a convulsionarse y a gritar que se moría. El tender ya había iniciado su camino hacia el Holiday Dream, los tripulantes no hablaban español y a duras penas se les hizo entender que había una persona con problemas, por fin comprendieron y facilitaron una botella de agua para que los pasajeros socorrieran al afectado y llamaron por radio al barco para que el médico estuviera esperando.
¿Lo habéis adivinado? Ese pasajero fui yo. Me golpeé, maldije, me senté y me desmayé. Tenía una brecha de 2 centímetros en la cabeza y empezaba a manar la sangre. Los gritos se debieron a que tuve una pesadilla, en ese corto intervalo soñé que iba a toda velocidad, en un vehículo que no podía controlar y, convencido de que me la iba a pegar, me puse a gritar. Cuando recuperé el conocimiento, no más de 2 minutos después, la situación se calmó, no obstante entonces el balanceo del tender me mareó y tuve la incontenible necesidad de vomitar (por cierto con tiempo suficiente para pedir una bolsa y, para alivio de los pasajeros de alrededor, depositar todo lo que devolví en su interior)
Esperaba una espectacular movilización al llegar al barco, tripulación con camillas al pie de la escalera, sirenas sonando, el capitán interesándose por mi estado. Pero nada más lejos de la realidad, salí del tender por mi propio pie, subí sin ayuda la escalera, tuve que enseñar mi tarjeta identificativa para acceder al vestíbulo y tras pasar por el arco de seguridad me encontré al médico tranquilamente sentado sin saber para que se le había llamado. A partir de ese momento la atención ya fue exquisita, exploración exhaustiva, preguntas para ver si me había afectado neuronalmente, aplicación de vacuna antitetánica y 2 bonitos puntos de sutura, con la indicación de que en unos días no me diera el sol ni el agua en la zona afectada. ¡Qué bien! ¡En pleno Caribe y sin poder estar al sol ni meter la cabeza bajo el agua!
Ahora que no nos oye nadie os tengo que confesar que el golpe me lo di adrede para poder visitar la enfermería y poder describirla, ya que era la única zona del barco, a parte de las exclusivas de la tripulación, que no había visitado. En resumen la enfermería blanca, bonita, pequeña y funcional.
Subimos al camarote, me tendí en la cama y así pasé el resto de la jornada. El médico llamó un par de veces interesándose por mi estado. También se interesó el camarero del camarote, al que dandolé un poco de pena le pedimos un par de albornoces para compensar el daño sufrido. Y recibí la visita de las parejas amigas que se mostraron verdaderamente afectadas por mi accidente e indignadas por las condiciones de seguridad que ofrecían los dichosos ventiladores. Los camareros del restaurante se mostraron preocupados por mi ausencia y me transmitieron sus deseos de mejora.
Me perdí la merienda, el baño en la piscina, el espectáculo de magia de esa noche, la cena (pedí que me trajeran un zumo y un yogur) y el espectáculo de la tripulación, pero no estaba para historias.
La televisión tiene varios canales: uno con el recorrido del barco y una cámara situada a proa que muestra como avanza, otros con películas recientemente estrenadas en el cine en español o ingles con subtítulos que cambian cada día, la CNN en ingles y el canal internacional de Televisión Española, también hay música ambiental. De todas formas no me apetecía ver la tele y además ¿quien va a un crucero a ver películas? De todas formas las películas no tienen un horario establecido de proyección, simplemente las van repitiendo a medida que se acaban con lo que nunca sabes a que hora empiezan y si no te gusta ver una película empezada no vas a estar pendiente de cuando acaba para empezar a verla en la siguiente proyección. Lo dicho a un crucero se va a otras cosas.
Por último un par de cosas que me olvide de contar de Jamaica:
Son famosas las rastas y los barqueros de Martha Rae las lucían con esmero, uno de ellos llevaba una inmensa rasta cubierta por una fenomenal boina que le caía hacia un lado y que abultaba como una tercera parte de su cuerpo (sin exagerar), era todo un espectáculo contemplar la agilidad con que se movía sin caer vencido por el peso.
Viendo a nuestro sudoroso barquero esforzándose en empujar la canoa para que avanzara por el río y preocupado por él, calculé que si estaba casi una hora descendiendo más luego otra media regresando al punto de partida junto con las canoas, haría al cabo del día 4 ó 5 agotadores viajes. Le pregunté cuantos viajes hacía al día y para mi sorpresa contestó que uno o dos y que algunos días ninguno, que con eso ya tenía suficiente y además había muchos barqueros disponibles. (Don’t worry, be happy)